D. Capítulo 14. Reencuentros.

"D"


"Reencuentros"


Capítulos anteriores:

D. Capítulo 1. D.

D. Capítulo 2. A los pies de su tumba fría. 

D. Capítulo 3. Las fauces del sepulcro

D. Capítulo 4.  La dama de invierno.

D. Capítulo 5. Guardianes nocturnos.

D. Capítulo 6. Sala de espera.

D. Capítulo 7. El escriba oculto

D. Capítulo 8. Extrañas notas

D. Capítulo 9. Ritual truncado

D. Capítulo 10. El intercambio

D. Capítulo 11. Caso abierto

D. Capítulo 12. Los Casamontes

D. Capítulo 13.  Doina "La Rumana"


Capítulo 14. 

-Reencuentros- 




—Carmen. Tu amiga se encuentra en urgencias, en la UCI, en… —echó hacia atrás las hojas de su bloc—. La 207, segunda planta del ala este. ¿Lo tienes?

—Sí, agente. Muchas gracias por todo. Me voy corriendo para allá.

—¡Conduce con cuidado!

    Abandonó la sala para dirigirse a su habitación; necesitaba preparar su partida hacia el hospital con suma presteza. Estaba muy inquieta, casi descontrolada, aturdida por las noticias. Actuaba de la misma forma, como si cada uno de los vestidos, pantalones o camisas que arrancaba de su armario, para arrojarlos sobre la cama, entorpeciera su prisa. No era momento de conjugar estilismos; no podía detenerse en si esa camisa iría bien con aquellos zapatos o si la blusa hacía juego con su bolso. Había que abreviar. Cada minuto que no estuviera con su amiga lo consideraba una carga más a su castigada conciencia.

    Debajo de la cama sacó una maleta pequeña. Comenzó a llenarla de ropa y ropa interior. El sonido de la vibración de su móvil sobre la mesilla de noche interrumpió su tarea. Un mensaje de texto. Lo leyó mientras secaba sus últimas lágrimas. Se asustó, dando un pequeño salto, un minúsculo respingo cuando su madre abrió con energía la puerta de su habitación.

—¿Qué tal estás?
—Me has asustado, madre. Podrías haber llamado.
—En mi casa no tengo por qué llamar a ninguna puerta. ¿Acaso crees que soy tu criada? Voy y vengo donde me place. ¿Has acabado? ¿Vas a bajar sin desayunar siquiera?
—Ya tomaré algo en el hospital, madre. Quiero salir cuanto antes.

    Carmen volcó la maleta sobre la cama, vaciando su contenido. La cerró para devolverla a su lugar de origen. Palpó con las manos en un intento de localizar a su hermana mayor sin éxito. Tuvo que asomarse bajo la cama para localizar y sacarla de su escondite; también era una maleta, solo que algo más grande. Empezó a tirar ropa sobre ella.

—Bueno, hija. No te apures. Ya escuchaste al guardia. Está bien y en buenas manos —se acercó a su hija para besar su frente—. Venga, cariño. Termina de vestirte y de hacer tu apaño. En cuanto me sea posible, bajaré con vosotras. Te dejo. Voy al despacho para ver si pongo un poco de orden a las facturas de tu padre.
—¿Papá se ha enterado ya?
—Las noticias en este pueblo vuelan y, si son malas, vuelan más. Aunque es poco probable que se haya enterado. Ahora en un momento lo llamo y le cuento. Necesito otro café. Cualquier cosa, llámame. ¿Vale?
—Sí, mamá. Gracias.

    La madre se marchó de la habitación cerrando la puerta, esta vez, con un tacto más suave de cómo la había hecho al entrar.

    El portón del garaje daba los buenos días, con su particular quejido, dejando pasar los rayos de sol que apresuradamente Carmen, con sus gafas de sol y visera parasol, se encargaron de apaciguar.

    Por suerte para los demás usuarios de las calzadas, calles y caminos que daban a la salida del pueblo, a esas horas no eran muy concurridas por peatones o tráfico, ya que la velocidad con la que se movía Carmen rozaba el límite de lo temerario.

    Llegó a la señal de tráfico con el nombre del pueblo tachado con gruesa banda roja para anunciar el fin de su frontera y apretó a fondo el acelerador rumbo al hospital de Talavera de la Reina.

    El mismo camino serpenteante por las viejas carreteras que hace escasos momentos había hecho Arsenio, lo hacía ahora ella, solo que a la inversa, apurando cada curva, maldiciendo cada encuentro con algunos de los tímidos vehículos que por lógica iban apareciendo. En los cambios de rasante tocaba quedarse muy pegado a ellos. Eran peligrosos; por aquellos caminos circulaban vehículos agrícolas, lentos y pesados. Una maniobra en falso podría suponer la muerte. Era mejor practicar la paciencia en procesión y, cuando hubiera oportunidad en una recta segura, demostrar la valía de cada caballo de su potente motor, recuperando entonces el tiempo perdido.

    Ya divisaba el colosal puente de mástil atirantado, con el Tajo como huésped sobre sus pies, inconfundible baliza que delataba la cercanía del hospital. Quedaba muy poco para llegar. Unas cuantas maldiciones más, esta vez dedicadas a los semáforos que parecían volverse en su contra, antes de llegar al aparcamiento del hospital. Aparcó como suele hacer el producto de la prisa o los desconsiderados con sus semejantes, ocupando dos plazas. Subió la rampa de urgencias para atravesar sus acristaladas puertas automáticas hasta dar con el mostrador de recepción.

    Esperó su turno. Tenía a cuatro personas por delante. Las colas rigen nuestros tiempos. Cualquier cosa importante que se deba hacer requiere guardar cola.
Mientras lo hacía, revisaba los mensajes de su móvil.

—Hola, buenos días. Vengo a ver a mi amiga.
—¿No es usted un familiar?
—Su familia no está en esta ciudad. Es una íntima amiga. Somos casi como hermanas. Está pasando unos días en mi casa y ayer sufrió un accidente. Soy todo lo que tiene en este momento.
—Ya veo. Dígame el nombre y apellido de su amiga.
—Claudia Benítez Dubóis
—Eh… sí, veamos. Ah, sí, la chica que trajeron esta madrugada… Su amiga ingresó en urgencias, pero ahora está… No está aquí. Está en la UCI, en el ala este. Segunda planta.
—Sí, es cierto. Algo me dijo el agente, pero con los nervios lo olvidé anotar. ¿Cómo llego hasta allí? Si me hace el favor.
—Siga esta línea azul. Cuando llegue al final del pasillo, encontrará unos ascensores. Cójalos y vaya a la segunda planta. Cuando salga, vaya a la derecha. Verá los carteles de “Ala este”. Encontrará también las indicaciones para llegar a la sala de espera correspondiente a la habitación de su amiga, la 207.
»Puede esperar allí hasta que los médicos o enfermeros os avisen y acompañen en la visita. Hay dos turnos, uno de mañana y otro de tarde. La duración es de una media hora aproximada. Máximo dos familiares por paciente. El horario de mañana es de doce a doce y media y por la tarde de seis a seis y media. Dígame ahora su nombre para anotarlo en el sistema y los compañeros puedan permitirle el acceso.
—Carmen Cedena Valdepusa.
—Pues, ya está registrada. Que tenga un buen día.

    Carmen materializó las indicaciones de la recepcionista. Cuando las estaba escuchando, parecían algo más confusas y dudaba de poder seguir cada instrucción. Pero no. Allí estaba. En la sala de espera de la UCI. Faltaba poco para la hora de visitas.

    Calmó sus nervios repasando los mensajes del teléfono y visitando, sin demasiada atención, sus redes sociales. Deseaba que corrieran más rápido los minutos; quería ver y saber cómo estaba su amiga. Cuanto más lo deseaba, más pesaban las manecillas del reloj, haciendo que el tiempo se dilatara y le pareciera eterno.

    El enfermero de guardia hizo acto de presencia en la sala con carpeta en mano y un Excel impreso. Comenzó a leer en voz alta la lista de registrados, no sin antes indicarles que, una vez nombrados, permanecieran de pie y lo siguieran al término de la lectura.

    Cada llamada comenzaba con un “familiares de”, comprobaba que se encontraban disponibles y chequeaba con su bolígrafo en el listado. Todos los seleccionados, incluida Carmen, siguieron al enfermero que los condujo a una sala previa a los pasillos de la UCI, una especie de frontera donde los equipaban con batas, mascarillas y protectores para los pies, todos ellos hechos de esa endeble tela desechable, amén de una serie de instrucciones que debían cumplir estrictamente de cara a los pacientes.

    Como un repartidor de periódicos americano, el enfermero iba repartiendo visitantes. Carmen llegó a la 207, donde su amiga descansaba, si es que ese término aplica en los hospitales. No pudo reprimir el llanto ante la escena, hecho que hizo despertar sobresaltada a Claudia.

—¡Carmen! —se alegró de ver por fin una cara conocida, aunque tardó unos segundos en reconocerla debido a su cansancio y la vestimenta de su amiga.

—¡Claudia! ¡Dios mío! ¡Pero qué te ha pasado! —comentó entre lágrimas—. ¡Daría lo que fuera por darte un abrazo, pero creo que no me lo permiten!

    Carmen respondió como si las palabras pesaran kilos.

—No te preocupes… cuando salga de aquí, echamos cuentas de abrazos… —Tosía y reía débilmente.
—¿Pero qué te ha pasado, tía? Mamá y yo casi nos volvemos locas cuando nos hemos levantado esta mañana y no estabas… Mamá llamó a la Guardia Civil. Cuando vino el guardia tan pronto a casa, casi me muero al pensar que había ocurrido lo peor… Ha ido todo muy rápido desde entonces, menos en la sala de espera, tía, te juro que casi me da un soponcio allí… ¿Estás bien?

—Aún estoy algo débil. Me siento mareada y como si mi cuerpo me pidiera constantemente dormir. Poco a poco voy recordando cosas… Ya hablé con el guardia y le conté lo poco que recuerdo… las notas… el cementerio… luego todo es muy confuso… como una neblina espesa que quiere tapar e impedir que recuerde…
»Los médicos me han dicho que no me preocupe por eso ahora. Que poco a poco iré recuperando la memoria… si te digo la verdad, me da miedo recuperarla… creo que no va a ser agradable.

    Pulso y tensión vieron ascender sus números en los monitores que tenía conectados. Carmen se percató del ascenso y, como buena acompañante, desvió la atención del asunto principal, llevándola con su conversación a terrenos algo más agradables.

—No te apures. Ya habrá tiempo para hablar. Ahora descansa y no pienses en nada más que en recuperarte para que podamos volver pronto a casa. ¿Te han traído algo de comer? Ya va siendo la hora. Yo también aprovecharé e iré a comer por ahí, ya que aún no puedo quedarme contigo más tiempo. Me han dicho que solo puedo estar hasta y media y que esta tarde puedo verte otra vez. Aprovecharé para buscar alojamiento. Paso de estar bajando y subiendo al pueblo en espera de que te lleven a planta. ¿Necesitas algo de fuera? ¿Unas revistas?
—No… Gracias. Quizás más tarde… cuando me saquen de aquí, me gustaría mi móvil o mi portátil para seguir con mi trabajo de la facultad.
—¡Ni harta vino te voy a traer el portátil! ¡Nada de trabajar en el hospital! ¿Estás loca, tía? No. Si acaso el móvil, como mucho. Avisaré a mamá para que te lo suba.
—Sí… dile que estará en mi habitación. O bien en el escritorio o en alguno de sus cajones… y el cargador. No sé el tiempo que voy a estar aquí. Y algo de ropa.
—No te preocupes por la ropa. Iré ahora a por algo de cambio para el interior. Unas cuantas bragas y sostenes. Le diré a mamá que te suba el resto. ¿Te parece?

    Continuaron hablando y planificando los siguientes pasos a dar hasta que el enfermero anunció que quedaban cinco minutos para terminar la visita, recordando también el horario de tarde.

    La despedida fue igual de aséptica que la bienvenida por la parte que tocaba a lo corporal, no así en lo verbal, que estuvo cargada de mensajes de cuidados mutuos, mimos y “te quieros" mediantes. Carmen se despojó en el pasillo de su coraza desechable de tela, arrojando todo en la papelera más cercana a la salida.

    Tenía tiempo para ir despacio y cumplir sus tareas. Procurarle ropa a Claudia y buscarse un alojamiento en algún hotel cercano al hospital. Aunque con dos días hubiera bastado para cubrir su guardia, reservaría una semana entera por si su espalda no aguantaba mucho en aquellos incómodos sofás de acompañantes en las siempre largas noches de vigilia.


    El turno de visita de tarde fue prácticamente una réplica del de la mañana con evidentes matices. Claudia avanzaba algo más en su relato, llegaba hasta que sus constantes sacaban bandera roja. Carmen intentaba tranquilizarla, haciendo que se sintiera protegida, arropada por aquello que solo logran construir las palabras, lugares apacibles de calma y quietud, entornos deseables, como la de regresar a casa para disfrutar de la compañía cercana de un buen fuego.

    El anuncio del fin de visitas esta vez estuvo acompañado de una buena noticia: Claudia iba a ser llevada a planta en cuestión de horas, por lo que, si lo deseaba, podía pasar con ella la noche. Carmen no lo dudó y ofreció su número de teléfono para que la avisaran y comunicaran la localización de la habitación una vez acomodada allí. Las estimaciones de tiempo en los hospitales se dilatan hacia ambos sentidos, la presteza o su contraria, y debía procurarse ropa para la noche y el día siguiente, amén de otros avíos.

    Se acercaba la noche temprana. Carmen estaba lista para ocupar el puesto de acompañante, aunque aún no había recibido nuevas de su habitación. Decidió ocuparla con el estómago lleno de cena y, por si demoraba hasta alcanzar la madrugada, buscaría el modo de llevarse un café a su estómago, mordaza para el sueño. Lo tomaría en el hospital. Pagó la cuenta del restaurante y se dirigió hacia allí con la firme idea de hacer noche junto a su amiga.

    La cafetería-restaurante del hospital estaba siendo atendida, pero no para dar servicio, sino preparándola para la jornada del día siguiente. Cuatro personas encargadas de limpiar suelos, encimeras, cocina y máquinas de bar; la deducción era sencilla. Carmen preguntó dónde se encontraba la máquina de café más cercana. No era de las personas impertinentes y maleducadas que intentaban rascar servicio cuando ven que están cerrando.

    De nuevo retuvo las indicaciones en su cabeza, esta vez con más atención, pues la supuesta gente en la que podía apoyarse para que le indicaran o refrescaran el camino, a esas horas, comenzaba a verse reducida en número.

    Encontró el pasillo que guardaba la máquina. Mientras avanzaba hacia ella, buscaba dentro del bolso el monedero para sostener monedas sueltas. Echó un euro por la ranura, seleccionó su café y el aparato le devolvió su vaso lleno y quince céntimos del cambio. El ruido de todo el proceso ocultó la presencia y los pasos de alguien que ahora estaba a su espalda. Carmen casi derrama el líquido al darse la vuelta, asustándose por su cercana presencia. Faltó poco para que lo derramara sobre ella y el enfermero que tenía delante. Se quedó mirándolo. El joven sostenía algo en sus manos. Más que eso, parecía ofrecerle algo con sus manos. Carmen bajó la mirada para observar y reconoció sus notas manuscritas. Antonio sonrió y dijo:

—Aquí las tienes.







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