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"Los Casamontes"
Capítulos anteriores:
D. Capítulo 1. D.
D. Capítulo 2. A los pies de su tumba fría.
D. Capítulo 3. Las fauces del sepulcro
D. Capítulo 4. La dama de invierno.
D. Capítulo 5. Guardianes nocturnos.
D. Capítulo 6. Sala de espera.
D. Capítulo 7. El escriba oculto
D. Capítulo 8. Extrañas notas
D. Capítulo 9. Ritual truncado
D. Capítulo 10. El intercambio
D. Capítulo 11. Caso abierto
Capítulo 12
-Los Casamontes-
Abandonó el hospital y se alejó de la ciudad con su coche patrulla poniendo rumbo al pueblo. Le quedaba media hora de estrechas y vetustas carreteras comarcales. Aprovecharía ese espacio y tiempo para repasar sus notas de forma mental. Si bien es cierto que hacía bastante tiempo depositaba su confianza en el papel, no estaba de más hacer estos ejercicios de memoria para tener su cabeza a punto, entrenada. Tenía un nuevo caso por delante. Comparado con el resto de tareas que generaba la convivencia en el pueblo, lo que se traía entre manos le inquietaba con cierto gusto, aunque jamás lo confesaría. No porque no empatizara con la joven y lo ocurrido, eso estaba fuera de toda duda; se consideraba un hombre moralmente sano, era más bien por el desafío intelectual que se le presentaba. De niño, ya sentía admiración por los detectives de las obras literarias, las series de televisión o películas que contaban sus asombrosas peripecias.
Curtió su intelecto devorando lecturas de Conan Doyle y su excelente e irrepetible Holmes, disfrutó con la increíble perspicacia y obsesiva observación del transcurso de los hechos reales del teniente de policía Colombo o degustó las exquisitas y siempre enrevesadas conclusiones del escrupuloso y extravagante Poirot. Le agradaba pensar que de joven había tomado la decisión correcta de ser Guardia Civil, porque su sueño de infancia había sido siempre ser detective. Lo había logrado. Una parte, al menos. Ser detective al final resultó ser fácil; más complicado era tener casos tan memorables como sus compañeros ficticios. Este sin duda se le acercaba. Al menos así lo quería construir en su imaginario.
—Antonio… Antonio… Antonio… —comentaba en voz alta mientras conducía—. Debajo de esa aparente torpeza vergonzosa, creo que escondes algo… No creas que te vas a librar de mis preguntas.
»Esas notas son importantes. No en tanto lo escrito en ellas, sino cómo se han escrito. Los lugares donde indicaba acudir, Claudia me los adelantó. Pienso que les preocupaba más que pudiéramos identificar su remitente. Si estaban manuscritas, la caligrafía puede delatar a su artífice. Es una deducción lógica; de no ser así, no se habrían tomado tantas molestias en deshacerse de ellas.
Antonio… Antonio… Antonio… Volveremos a hablar. Tengo que ir también a ver al cura. A ver si puede orientarme con esas palabras en latín. Aunque lo primero es ir a ver a Los Casamontes. Dos pájaros de un tiro. Notificaré que ha aparecido la muchacha y también si pueden enviar a alguien de acompañante al hospital. Debe sentirse muy sola la pobre chica. Qué poco me gusta tener que ir a hablar con esa gente y menos tener que hacerles preguntas. En fin… forma parte de mi trabajo. “Nobleza obliga”.
Le ponía nervioso tratar con aquella gente. Si bien es cierto que, por tradición o inercia social, ciertos individuos se llevan bien por el simple hecho de compartir ciertos ideales, Arsenio era una excepción que confirmaba aquella difusa regla. Los Casamontes eran gente de posibles, una familia antigua y tradicional. Era obligado, ley no escrita para ellos, llevarse bien con ciertos estratos del tejido social, como la iglesia o la autoridad de los cuerpos de seguridad del Estado, aunque el teniente no comulgara del todo con ciertas formas de pensar impuestas por el bando de la ideología.
Consideraba discutibles ciertas cosas de uno u otro lado, dicho de otro modo, de la izquierda o la derecha; cualquier idea o ideología era, o al menos debía ser, sensible de someterse al juicio de la razón. Los Casamontes, en la mayoría de ocasiones, seguían escrupulosamente su guion social e ideológico, pasando por alto ese ejercicio. Era un caldo de cultivo para pequeños roces en las convicciones entre el Guardia Civil y ellos.
Ambas partes lo sabían aunque no hablaban de ello. Se acercaban a ciertos límites sin llegar a forzar demasiado la situación. Al menos le reconfortaba pensar que los nervios que le producía el encuentro con ellos fueran recíprocos. De esa forma, la visita no duraría mucho; lo justo y necesario que requirieran las preguntas que llevara consigo.
Un gran portón cerraba como hebilla de cinturón la pared que rodeaba el gran caserón de Los Casamontes. El postigo que aliviaba el trabajo de sus hermanas mayores estaba siempre abierto en horas de labor, hasta bien entrada la medianoche. Los guardeses, un matrimonio demasiado mayor para seguir sirviendo, se encargaban, entre otras tareas, de mantener un estricto horario de apertura y clausura de dicho acceso.
Arsenio aparcó cerca de la entrada y cruzó el umbral que llevaba a un gran patio interior repleto de un cuidado jardín, setos bien recortados, cipreses en fila casi militar e higueras deshojadas por estar fuera de temporada. En su centro, una gran fuente donde se derramaba generosa agua por sus boquillas sin llaves que entorpecieran sus excesos, siempre libres. Solo encontraban reposo si los niveles del manantial de donde procedían eran bajos. Nefasta costumbre que tienen los ricos de demostrar siempre que les sobran los recursos. Aunque sus vecinos se murieran de sed.
El paseo hasta la puerta principal de la casa le resultó bastante agradable a la vista y al olfato. Se detuvo frente a la acristalada entrada de la casa. Compartían cristal y recia reja de forja negra casi a partes iguales. Veía su silueta reflejada al tiempo que inclinaba su cabeza para terminar de deducir el recibidor del gran caserón. Tiró del llamador y se quitó la gorra en cumplimiento casi inconsciente del viejo protocolo de aquellas viejas costumbres del pueblo; se acentuaban dada la familia a la que se iba a enfrentar.
Adivinó que se acercaba una mujer. Arsenio irguió su cuerpo todo lo que pudo. Se relajó algo más al ver que no era la señora de la casa, sino la anciana guardesa.
—Buenos días, Arsenio. ¿Se sabe algo de la señorita Claudia?
—Buenos días, Felisa. Mis nuevas son para su señora. Luego, si tiene a bien contarle, no tendré inconveniente alguno acerca del uso que dé sobre ellas. ¿Está ella o el señor en la casa?
La gente es cotilla por naturaleza o de innata curiosidad. La indiscreta pregunta le inclinó a pensar en lo primero.
—La señora me adelantó que podrían venir a casa. Por favor, espere aquí, en el despacho; iré a dar aviso para que lo atiendan. ¿Quiere tomar algo?
—Gracias, he desayunado hace poco. Eso sí, le agradecería un vaso de agua.
Esperó en el sobrio y elegante despacho. Una gran mesa de roble presidía la estancia. Tras ella, una silla del mismo material con tapizado en color carmesí casi oscuro, más por los años que llevaba encima que por elección voluntaria del mismo. Alrededor, estanterías donde se alternaban novelas, carpetas, archivadores y diccionarios. El trabajo de campo no estaba exento de sus dosis de administración y papeleo. Facturas, albaranes, pedidos, nóminas y demás cuestiones empresariales pasaban por aquel despacho. Se acercó al globo terráqueo que descansaba en una de las esquinas cerca de la ventana. Las grandes cortinas amarradas con elegantes cintas lo arropaban, descansando su mitad en el mundo. La península ibérica estaba visible. Arsenio intentó girarla cuando entraron al despacho, previo aviso de llegada por parte de Felisa, la señora de la casa, María Valdepusa Olmedo y su hija Carmen. En los pueblos todos se conocían y siempre había eventos donde coincidir, por lo que sobraban las presentaciones.
—Buenos días, Arsenio. ¿Alguna noticia de Claudia, mi invitada? ¡Y tú deja ya de llorar! —le increpó a su hija. —¡Guarda las formas delante de las autoridades, por el amor de Dios!
»Disculpe a mi hija, teniente, está algo alterada por la repentina desaparición de su amiga. La he intentado calmar con mis palabras y con infusiones de valeriana. Que no debe preocuparse. Esto es Navalmoral de Cedena, no la gran ciudad. Aquí nunca pasa nada. Pero ya sabe lo que pasa con los jóvenes. Siempre en las antípodas de los consejos de sus padres.
—¿El señor no está?
—No. No está. Se encuentra toda esta semana en la finca. ¿Algún inconveniente? Podemos arreglárnoslas solas, ¿no le parece? Teniente.
—Oh, no era mi intención… disculpe. No iban por ahí mis… Simplemente quería que estuviera presente para transmitirle las noticias y luego…
—Por favor, teniente. Déjese de formalismos y hable ya. ¿Hay noticias de Claudia? Estoy empezando a ponerme nerviosa.
—¡¡Está muerta, verdad!! ¡Oh, Dios mío! ¡Por eso ha venido tan rápido! ¡Muerta, madre! ¡Muerta! —gritaba casi desesperada Carmen, la hija, con histérico llanto.
—Calma, por favor. ¡No! No está muerta —alzó los brazos y manos en gesto de parada—. Además, traigo buenas noticias. Dentro de lo que cabe, dados vuestros malos augurios… Ha aparecido. Esta mañana la encontró Juan, el sepulturero, en el cementerio… ¡Viva! —se apresuró a especificar al notar cómo Carmen se llevaba la mano a la boca y desorbitaba sus ojos por el asombro—. La trasladamos enseguida al hospital de Talavera. Estaba inconsciente. Hasta que no recuperó la conciencia no pudimos identificarla. Después, recibimos su aviso, su denuncia por desaparición.
—¡Me voy ahora mismo con ella, mamá! ¡Me voy para allá! ¡Subo a cambiarme y me marcho ahora mismo!
—Espere un momento, joven. Aún necesito haceros, si me permiten, unas preguntas.
—¿Preguntas? ¿A nosotras? Fuimos las que dimos el aviso y ya ha aparecido. ¿Qué preguntas necesita satisfacer? —dijo algo malhumorada la señora de la casa.
—Si bien es cierto que la parte de la denuncia del aviso estaría cerrada, a falta de cumplimentar el informe final, lo cierto es que las circunstancias de su ausencia y posterior desaparición junto con el lugar donde se encontró la joven generan preguntas que deben ser atendidas. Si me lo permiten. No me demorará mucho.
—De acuerdo. Pregunte.
—Veamos —sacó bloc y bolígrafo—. Según declaraciones de la propia joven, ayer a medianoche se encontraba paseando por el pueblo, cerca de la iglesia. Sola. ¿No la acompañó nadie? ¿Su hija al menos? ¿Tenía por costumbre salir a pasear a esas horas de la noche? ¿No echaron en falta su ausencia hasta esta mañana?
—Naturalmente que no la hemos echado en falta hasta esta mañana. Esta es una casa decente. Si por lo que fuera, me hubiera percatado de su falta a altas horas de la madrugada, no dude que hubiéramos dado aviso de inmediato. En esta casa trabajamos temprano, agente.
—Aquí tiene su vaso de agua —llegó oportuna Felisa a descargar la tensión en el ambiente. Lo dejó sobre la mesa del escritorio. Arsenio dio las gracias con un gesto de cabeza afirmativo, casi reverencial.
—Ayer cenamos pronto —continuó Carmen— mi madre, Claudia y yo. A Claudia le gusta pasear por las noches, después de tomar su cena; dice que la ayuda a pensar y a su digestión. En ocasiones la acompaño. Ayer me encontraba muy cansada y decidí no acompañarle… si hubiera sabido… —sollozó—. Es nuestra invitada. La casa es grande y es muy libre de hacer y deshacer a su antojo, de tener sus horarios de paseos y de trabajos. Sabe dónde tenemos guardado un juego de llaves, por si los guardeses cierran el portón. Ayer, después de la cena, nos retiramos a nuestras habitaciones y ella decidió darse su rutinario paseo. Respetamos su intimidad ante todo. Claudia suele venir siempre pasada la medianoche. Su habitación se encuentra en el ala este de la casona. A veces siento su llegada. Otras veces no… ya le dije que ayer estaba muy cansada. Caí enseguida en profundo sueño… Supuse que era una de esas noches que no sentí su llegada. Por sus continuas trasnoches, suele levantarse algo más tarde que nosotras… la casa es grande… No sé qué más puedo decirle, agente.
—Esta mañana cuando me levanté a desayunar pasé por la habitación de Claudia. Al ver su cama hecha me alarmé y fue entonces cuando fui a despertar a mi hija para saber si tenía algún conocimiento del asunto… Pocas veces la he visto tan preocupada. Pobre niña… Entonces llamé a su cuartel.
Arsenio escuchaba en silencio con extrema atención los testimonios de ambas mujeres mientras apuntaba en su libreta las palabras y los momentos que consideraba claves.
—Muy bien. Creo que, de momento, es suficiente. Para contextualizar y entender un poco los hechos del caso, voy a necesitar volver a hablar con ustedes. Incluida Claudia, cuando mejore y esté por aquí.
»Tengo lo principal para empezar. Ahora he de hacer otras visitas referentes a la investigación. Una última cosa que quiero pedirles. ¿Puedo echar un vistazo a la habitación de Claudia? Todo lo que pueda servirme de ayuda, aunque sea circunstancial, puede completar partes del rompecabezas. Nunca se sabe dónde puede estar ese hilo que me lleve al centro del laberinto.
—No tengo inconveniente. Si ha terminado con nosotras, ¿podemos retirarnos? He de ocuparme de mis quehaceres. Felisa lo acompañará a los aposentos de Claudia. Sí, me disculpa. Que tenga un buen día, teniente.
—Lo mismo le deseo, señora Valdepusa.
—Madre, ¿puedo ir al hospital?
—Sí, hija. Hazte un ato con ropa, coge dinero y ve con tu amiga. En cuanto me sea posible, bajaré con vosotras. Yo avisaré a los padres de Claudia de lo que ha ocurrido.
—Disculpe, señora. Claudia me ha pedido con insistencia que no avisáramos por el momento a sus padres. No quiere alarmarnos. Le ruego que considere su decisión.
Lo miró desafiante y abandonó el despacho sin mediar más palabras. Arsenio tomó el vaso de agua que le había traído Felisa y lo vació de golpe en su garganta. En ese momento hubiera deseado pedir whisky.
—Carmen. Tu amiga se encuentra en urgencias, en la UCI, en… —echó hacia atrás las hojas de su bloc—. La 207, segunda planta del ala este. ¿Lo tienes?
—Sí, agente. Muchas gracias por todo. Me voy corriendo para allá.
—¡Conduce con cuidado!
Felisa volvió a entrar para llevarse a Arsenio a la habitación de Claudia. Cuando salieron, cerró la puerta del despacho y se puso delante de él, invitándolo a seguirle en su camino hacia la estancia. Recorrieron pasillos, subieron escaleras, atravesaron patios externos, bajaron de nuevo pisos para volver a subirlos solo para recorrer más pasillos, estancias, salones, cocinas, baños, salas de estar y cuartos para huéspedes. ¡Aquella casa era interminable! Dudaba de ser capaz de encontrar la salida por su propia cuenta una vez acabara de revisar la habitación. Cuando llegaron, por si acaso, le rogó a la guardesa que lo esperara, pues no iba a demorarse mucho en su inspección.
Un rápido repaso visual y general desde el quicio de la puerta, intentando no dejar ningún lugar por observar. Por su oficio tenía la vista bien adiestrada, sabía dónde tenía que detenerse con más calma y dónde discriminar. El escritorio de la joven era un lugar para quedarse algo más de tiempo. Era el que podía arrojar mayor información a su contexto. Apenas se apreciaban espacios que adivinaran el tono del color de la mesa.

Todo estaba ordenado con precisión caótica. Cuadernos, libros de lectura, adivinó un ejemplar de Drácula de Bram Stoker, que no podía faltar en la biblioteca de una joven; material de escritura, PC, móvil, notas en pósit que empapelaban pantallas y lámpara… en una deducción sencilla, un lugar de trabajo para una estudiante de arte, dada la categoría de los libros que se apilaban formando torres. Sobre todos ellos, un mural de corcho los vigilaba. Sostenía un mapa de Castilla-La Mancha. Pinchadas sobre su cuerpo, tres fotografías de tres iglesias en tres sitios distintos del mapa. Arsenio sabía ya a qué lugar de la habitación dirigirse. Necesitaba ver de cerca aquellos lugares marcados con chinchetas.
— Iglesia de San Pedro de la Mata… en Sonseca, Santa María de Melque en San Martín de Montalbán… y la última, veamos… Basílica de Santa María de Batres… en Carranque… Parece que nuestra amiga está realizando un trabajo sobre iglesias visigodas… Parece acertado elegir este pueblo, ya que, del resto, está a buena distancia; es el perfecto punto intermedio, lo que lo convierte en estupenda base para trabajar. Incursión en cada uno de ellos y vuelta a Navalmoral con el trabajo hecho…
—¿Le queda mucho, señorito? Tengo que hacer mis cosas —interrumpió Felisa.
—No, no. Discúlpeme. Ya acabo. Saco un par de fotos y nos vamos.
Anduvieron el mismo camino a la inversa hasta llegar a la salida del laberinto. Arsenio se despidió cortésmente, dejando abierta la posibilidad de un pronto regreso. Había terminado de girar la llave de coche patrulla cuando dijo en alto:
—¡Ahora toca ver al cura!
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