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"El escriba oculto"
Capítulos anteriores:
D. Capítulo 2. A los pies de su tumba fría.
D. Capítulo 3. Las fauces del sepulcro
D. Capítulo 4. La dama de invierno.
D. Capítulo 5. Guardianes nocturnos.
D. Capítulo 6. Sala de espera.
Capítulo 7
-El escriba oculto-
La antigua pluma, casi reliquia, sujetaba con sus gavilanes la generosa carga de tinta que abrazó, al mojar en el tintero, para viajar con presteza hacia el papel. Encima del escritorio reposaban dos sobres y una nota puesta a secar. Una mano firme terminaba de escribir la segunda nota:
“Lorenzo Germán Díaz Hidalgo. 8 de octubre de 1938, R.I.P”. Solo faltaba firmarla con un “Firmado ‘D’”.
Al terminar su escritura, la depositó con cuidado en el portaplumas y sopló sobre el papel antes de dejarlo junto a la otra nota. Seguía con aquellos guantes negros; no se los quitaría hasta terminar el trabajo. Toda precaución era poca para no dejar rastro del autor de aquellas breves frases.
Para ayudar a la intemperie del cuarto en su tarea de secado de tinta, usó su secante de cuna. Tres pases meciendo sobre el papel bastaron para obtener el resultado deseado por el misterioso escriba.
Dobló cada una de las notas antes de introducirlas en sus correspondientes sobres. De nuevo, no quiso dejar huella y no empleó la lengua para cerrarlos. Un juego de papiroflexia básica, con la solapa introduciéndola ingeniosamente en la parte interior, hacía las veces de cierre.
Tenía que ser esa misma tarde, cuando languideciera dejando paso al crepúsculo. La oscuridad sería la aliada que, como los guantes hicieron en sus manuscritos, ocultara sus pasos. Conocía de sobra cada rincón del pueblo, así como cada costumbre de sus convecinos. Sabía dónde y cuándo ponerse en cada lugar para ser invisible. Las rutas vitales de cada persona eran sencillas, tampoco había muchas y pocos eran los imprevistos.
Esperó paciente a que el sol terminara su jornada, al menos hasta verlo recoger. Ropa oscura y abrigo del mismo tono con capucha, por si la planificación y la rutina fueran a jugarle una mala pasada.
Ni un solo alma por su calle en un primer vistazo; avanzó hasta la primera sombra cerrando la puerta de su casa sin hacer apenas ruido; aun así, sincronizó el cierre al compás del sonido de las campanas del reloj de la iglesia que anunciaban las ocho de la tarde.
Demasiado tiempo, más que de sobra, para cubrir el espacio pequeño que necesitaban las dos visitas a realizar para dar cumplida su tarea. No podía apurar demasiado. Debía pasar totalmente desapercibido y esa premisa requería tiempo por si tenía que improvisar nueva ruta si se producía un fatal encuentro con algún habitante del pueblo.
Empezaría en el orden contrario en el que se debían encontrar las notas. Primero en el cementerio. Allí dejaría la segunda nota. Entrar no fue difícil. Juan, el sepulturero, a esas horas ya estaba recogido en casa. Se acercó a la plaza donde vigilaba el ángel enfadado de la fuente seca. Dejó el sobre en su base. Abandonó el santuario donde descansan las almas para adentrarse en el pueblo, llegar y tomar posición del segundo lugar donde dejar la primera de las notas.
Era la parte más delicada del plan y en la que todo podría fallar si su destinataria elegía otra ruta de paseo nocturno. Llevaba una semana estudiando sus pasos. Siempre pasaba por aquel sitio, una calle cercana a la iglesia. Había algo que la atraía de aquella travesía, un callejón que giraba hasta dar a la plaza de la iglesia que custodiaba un caserón que hacía las veces de hotel rural; desde el camino dejaba ver su esbelta parra donde se intuía cosecha de hermosas uvas en época de verano. Aquella mezcla de viejas piedras, caserón, parra e iglesia era de visita obligada en su paseo.
Tras la cortina del viejo caserón esperó paciente su llegada la oscura y misteriosa figura. Vigilante a través de la escasa visión del minúsculo hueco de tela que realizaba con un levísimo movimiento de mano. El justo y necesario para ver, sin ser visto.
Llegaba. Claudia llegaba a la cita invisible. Era el momento preciso. Desde la cobertura del cobijo que proporcionaba su escondite, arrojó el sobre al suelo con un movimiento que recordaba a los juegos de naipes en el momento de repartir cartas, con la diferencia de que esta vez solo había dos jugadores en la partida donde iban con todo en su apuesta.
Claudia se percató del sobre. Llegó hasta él, miró extrañada a un lado y otro de la calle, como para encontrar su dueño. La figura escondida susurraba: —¡Vamos, cógelo, es para ti! Lo tomó en sus manos, inspeccionando cada cara del sobre. No había remitente ni destinatario. Lo abrió con la esperanza de deducir, de obtener alguna pista para devolverlo a su lugar correcto. Sacó despacio la nota que contenía en su interior. Una nota manuscrita. Decía:
Gracias por leer hasta aquí.
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