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"Guardianes nocturnos".
Capítulos anteriores:
D. Capítulo 2. A los pies de su tumba fría.
D. Capítulo 3. Las fauces del sepulcro
D. Capítulo 4. La dama de invierno.
Capítulo 5.
—Guardianes nocturnos—
Las ascuas de la lumbre de la pasada noche se resistían a sucumbir; aún sobrevivían tímidamente. Solo tuvo que poner sobre ellas un tronco de anchura media para prenderlo de inicio con apenas minuto y medio de fuelle.
A veces alternaba el trabajo con su propio soplido hacia las brasas, tal como hacía su abuelo, que refulgían en fuego anaranjado al contacto con el aire de Arsenio, como si sufrieran al recibir contacto.
El atizador también entraba en jornada. Un par de golpes al incandescente tronco alteraban, aún más, a las invocadas llamas.
La chimenea sumaba, a su labor de calentar y servir de improvisada cocina, la de iluminar el salón en tenues tonos amarillentos. La madera comenzaba a crepitar, acompañado al sonido alguna chispa errante inofensiva. Inequívoca señal de que estaba a punto y en marcha.
Cargó la cafetera italiana con los ingredientes necesarios de grano molido y agua, acercando el conjunto al fuego de la chimenea.
Pese a disponer de la más moderna de las vitrocerámicas por inducción, había determinadas cosas que consideraba que eran infinitamente mejor haciéndolas a la vieja usanza, preservándolas del lado de la tradición.
Por muy rápido y moderno que fuera el fuego de la cocina, no podía competir con el fuego natural.
Mientras esperaba que el agua hirviera y el resoplido de la cafetera anunciara el comienzo de su desayuno, fue a su dormitorio a coger su uniforme. Descansaba impoluto sobre el Galán de noche. Sin atisbos de arrugas, con los botones bien relucientes y las insignias bien pulidas.
Un teniente de la Guardia Civil no solo debía predicar ejemplo, era su deber practicarlo. La apariencia es un juicio constante al que nos someten de forma constante. Había que cuidar al extremo la primera de las impresiones. Para Arsenio, la buena presencia era carta de presentación que condicionaba una postura, la de la iniciativa en cualquier situación.
Esta disciplina se debía más a su formación, casi militar, más que a la académica. En su mundo, el hábito no solo hacía al monje, sino que debía honrarlo.
Se vistió en silencio. Prestando suma atención a cada movimiento para no despertar a su mujer ni aun cuando se acercó a besar su frente como silenciosa despedida.
Antes de enfrentarse al café, un rápido vistazo a media puerta entornada en la habitación de los hijos. Todo estaba en orden, por tanto, podía ir a dar cuenta de una generosa taza.
Solo, sin leche ni azúcar. El mejor brebaje para enfrentar la mañana que se presumía tranquila, como de costumbre. Las disputas en el pueblo eran de fácil resolución. No había grandes problemas y, por tanto, sus casos eran pequeños. En ocasiones, anecdóticos. Cuando ocurría uno de estos singulares, anotaba en su libreta personal, cambiando el nombre y lugar de los implicados, para engordar su recopilatorio de relatos que algún día tenía intención de reunir y publicar.
—“A ver si con esto me retiro del cuerpo” —le solía decir a su cabo—. “A ver si es verdad, mi teniente” —solía responder él.
Antes de salir de la casa, marcó en el panel de seguridad la contraseña de seis dígitos “061977” para entrar en el pequeño cuarto de seguridad que se encontraba al paso de la salida.
Allí guardaba sus armas y munición reglamentaria. Enfundó su HK USP Compact, se ajustó la gorra y salió de casa amortiguando el sonido de la puerta para no romper el sueño de sus seres queridos.
Con un giro de llave desperezó el motor de su coche patrulla, un todoterreno KGM Rexton. La helada que se dejó caer de madrugada hacía algo más pesada la labor por arrancar, pero después de dos intentos, donde el motor parecía toser con voz ronca, finalmente accedió a ponerse en marcha.
Antes de accionar la ruedecilla de la calefacción interna del vehículo, la mano del teniente se detuvo en el auricular de la radio, pues su cabo de guardia estaba emitiendo aviso.
—Eco Dos a Eco Uno, ¿me recibe? Eco dos a Eco uno. ¿Me recibe?
—Aquí Eco dos, le recibo. Cambio.
—Buenos días, teniente. Hemos recibido un aviso de emergencia en el cementerio.
—Informe.
—Juan, el sepulturero, ha notificado la aparición de una joven sin identificar en medio de las tumbas. Al momento del aviso permanecía inconsciente. No tengo por el momento más información.
—De acuerdo. Voy para allá. QRV.
—10-4. QAP
—Manténgase a la espera hasta que le informe, cabo. Cierro.
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