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Sala de espera
Capítulos anteriores:
D. Capítulo 1. D.
D. Capítulo 2. A los pies de su tumba fría.
D. Capítulo 3. Las fauces del sepulcro
D. Capítulo 4. La dama de invierno.
D. Capítulo 5. Guardianes nocturnos.
Capítulo 6
-Sala de espera-
—¿Lo quieres solo o con leche?
—Ya he tomado esta mañana, pero venga, teniente. Le acepto ese cafecito, con leche, por favor.
Esperaron que la máquina terminara de llenar los vasos de cartón sin intercambiar palabra. La escena en el cementerio había ocurrido muy deprisa. Apenas hubo ocasión de conversar porque el tiempo de actuar requería más urgencia.
Nada más terminar de hablar con su cabo, Arsenio solicitó asistencia para atender a la chica. Según el informe preliminar relatado por su compañero, la muchacha estaba inconsciente. No sabía el tiempo que llevaba en ese trance ni cuánto camino le quedaba hasta su despertar. La experiencia siempre es buena consejera y sabía que en ese estado no convenía permanecer durante mucho tiempo.
Llamar a la ambulancia fue casi un acto reflejo. Los compañeros tardaron media hora en llegar al cementerio, quince minutos para registrar sus constantes a la vez que preparaban la camilla y otra media hora en regresar a urgencias.
Pese a disponer de sirena en su coche patrulla, la prisa se la dejó a los médicos. Pidió amablemente a Juan que lo acompañara al hospital. Era testigo principal. Aprovecharía el trayecto para hablar sobre el tema, que le contara con más detalle todo lo ocurrido, desde el momento exacto en que llegó al cementerio hasta su llegada y encuentro con él.
Juan no tenía mucho que contar. La escena era sencilla y sus movimientos habían sido correctos y rápidos. Terminó pronto de dar testimonio. Arsenio lo escuchaba y conducía en silencio. Prestando atención. Encajando todas las piezas en su cabeza para construir hipótesis y formular preguntas.
Faltaban muchos datos en esa ecuación. Alguno realmente importante, como la identificación de la joven. Juan le comentaba que no la conocía, que no era del pueblo y que no la había visto antes. Era posible que, cuando terminara de amanecer y la vida comenzara un nuevo capítulo de rutina, alguien se inquietara por su ausencia dando cuentas de ella.
—¿Azúcar? —preguntó el teniente.
—No, gracias, lo tomaré así.
—Yo también suelo tomarlo sin azúcar, pero estos cafés de máquina no son precisamente gran gourmet. Les suelo echar algo de dulzor para que sepa a algo, al menos.
Se alejaron del pasillo donde estaban las máquinas expendedoras. El agente no le ofreció nada de comer a su forzado acompañante porque consideraba que faltaba un buen trecho para valorarlo como hora del almuerzo.
Volvieron a la sala de espera de urgencias del hospital, esperando que saliera algún médico que arrojara algo de luz al misterio de la joven sin identificar. Juan tomó asiento; Arsenio permaneció en pie, estaba de servicio y se debía a sus formas.
—¿Cuándo podré marcharme, teniente? Dejar así abandonado mi puesto, con todos mis quehaceres, me apura. No me entienda mal, me preocupa la joven. Pero sé que está en buenas manos. Médicos, Guardia Civil, todo un cortejo de cuidados. Simplemente creo que poco puedo aportar ya aquí.
—Aguarde un momento, Juan. No deben tardar mucho en darnos una primera valoración. Por sus horas de falta en el trabajo, no se preocupe. Hablaré con el alcalde y quedará satisfecho. Le diré que cuente sus horas de servicio conmigo como laborales. No se preocupe.
—Se lo agradezco de veras.
Los accidentes y las urgencias no atendían a horarios fijos o a días predeterminados. Aleatorios e impredecibles. Aun siendo madrugada, la sala de espera recibía visita constante. Gente que llevaba allí toda la noche, otra que recién salía de terminar sus pesquisas con los males que aquejaban, y otros nuevos llegaban con propuestas de desafíos para los cansados y desbordados médicos. La sala de espera de urgencias era un continuo trasiego de vida, dolor, alegría, sufrimiento y muerte.
Uno de los médicos se personó en la sala y comenzó a buscar con la mirada al agente de la Guardia Civil.
—¿Agente?
—Arsenio.
—Arsenio, bien. Es en referencia a la chica que han traído esta madrugada.
—Informe. ¿Doctor?
—Martínez. Dr. Martínez. La chica está bien. Estable, aunque permanece inconsciente. Ha llegado en un estado acusado de hipotermia y su tensión, cuando han llegado los compañeros de ambulancia, estaba rozando el límite…
—¿Alta?
—Baja. A unos niveles ínfimos. Apenas se sostenía su latido. Le hemos administrado fludrocortisona para aumentar el nivel y paliar su hipotensión. También hemos realizado transfusiones sanguíneas; la paciente, extrañamente, venía con niveles de sangre anómalos, digámoslo de ese modo.
—¿Cómo dice? ¿A qué se refiere con niveles de sangre anómalos?
—Pues eso, como si su cuerpo hubiera perdido una gran cantidad de sangre. Pero no presenta heridas ni marcas. Es posible que ya estuviera en ese estado por alguna razón y el hecho haya provocado esa bajada de tensión y la pérdida de conciencia. Por el momento la mantenemos estable y parece estar fuera de peligro. A espera de que recupere la conciencia, no tengo más información que proporcionarle. Ahora, si me disculpan, he de atender a otros pacientes. Estaré a su entera disposición. Cualquier cambio en su estado será informado de inmediato.
—Muchas gracias, doctor. Quedaré a la espera. Me mantendré de guardia hasta que recupere la conciencia. Una vez que pueda hablar con ella, podré identificarla y llamar a sus familiares. Una última cosa, doctor. Todo ocurrió muy deprisa y no pude comprobar la ropa de la muchacha. Algún tipo de documento en sus pertenencias que pudiera facilitarnos la labor de identificación.
—No, que yo sepa; de todas formas, preguntaré a los enfermeros que la han traído y cambiado su ropa, a ver si tenía algún carnet que pueda identificarla. Le aviso, agente. Un placer. Lo dicho. He de retirarme.
—¿Y bien? ¿Alguna novedad, teniente? —preguntó Juan, que se había mantenido al margen de la conversación y solo pudo ver, más que escuchar, cómo articulaban palabras sin captar mensaje alguno.
—Nada. Ninguna novedad. Sigue inconsciente y entre sus pertenencias no han podido asegurarme si se encontraba algún documento. Error mío por no haberlo comprobado en el cementerio. Habrá que esperar. En cuanto a usted, voy a dar aviso a mi cabo para que venga para que lo lleve de regreso al pueblo. Creo que ya no es necesaria su presencia. De todas formas, manténgase localizable las próximas veinticuatro horas. ¿De acuerdo?
—Sí, señor. A su entera disposición. Y gracias por dar aviso de que vengan a por mí.
—Qué menos puedo hacer. Y gracias a usted. Hoy ha hecho una gran labor. Ha salvado la vida a esa jovencita.
—Ambos, señor. No se quite mérito.
Gracias por leer hasta aquí.
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