"D"
"Extrañas notas"
Capítulos anteriores:
D. Capítulo 2. A los pies de su tumba fría.
D. Capítulo 3. Las fauces del sepulcro
D. Capítulo 4. La dama de invierno.
D. Capítulo 5. Guardianes nocturnos.
D. Capítulo 6. Sala de espera.
D. Capítulo 7. El escriba oculto
Capítulo 8
-Extrañas notas-
Acompañaría a Juan a la puerta de entrada de Urgencias hasta que llegara el cabo que debía llevarlo al pueblo. Coordinaron la maniobra para que el tiempo de espera fuera mínimo, pues Arsenio no quería ausentarse demasiado por si llegaban nuevas noticias acerca del estado de la chica.
Siempre que salían las cosas como las había planeado, le recorría un hilito de orgullo de satisfacción por todo su cuerpo. Justo cuando cruzaban la puerta para salir al exterior, vio el coche patrulla de su cabo subir la rampa de ambulancias.
—Una coordinación perfecta —susurró con placidez—. Aquí llega su transporte, Juan. Buen viaje de regreso y recuerde lo que le he comentado, esté localizable las próximas veinticuatro horas. Gracias.
—A sus órdenes, mi teniente —contestó afablemente Juan, llevando su mano a la frente, imitando un saludo marcial. Arsenio se lo devolvió a ambos, al sepulturero y a su cabo, antes de verlos alejarse del hospital. Regresó a la sala de espera sin preocuparse demasiado por su ínfima ausencia.
Ya sería mala suerte que durante ese breve periodo de tiempo, su joven sin identificar hubiera abandonado su letargo.
Tomó asiento en una de las esquinas más alejadas de la vida de la sala. Su uniforme lo delataba. El doctor no tardaría en volver a localizarlo allí.
Las esperas eran lo más pesado de su trabajo. Había desarrollado una habilidad especial en hacer pasar aquel tiempo de la mejor manera posible; claro que, desde que inventaron el teléfono móvil, aquella pesada carga temporal se había aligerado sobremanera.
De servicio tampoco podía agarrar un libro y ponerse a leer mientras aguardaba acción. Con el teléfono, se disimulaba la labor de trabajo.
El goteo entrante de gente iba en aumento a medida que despertaba la mañana. Unos cuantos mensajes de texto a su mujer, para contarle sus pasos desde que abandonó temprano la casa y recordarles a los tres que los quería mucho, antes de abrir sus aplicaciones sociales para enterarse de lo que había ocurrido más allá de las fronteras de su jurisdicción.
El canto del murmullo de los pacientes y acompañantes de la sala seguía trayendo canciones corales de risas y llantos, según resultado final del diagnóstico médico.
Entre aquella constante y continua tragicomedia volvió a aparecer el Doctor Martínez.
—Teniente.
—Doctor
—La paciente está del todo estable, pero sigue sin recuperar del todo la consciencia.
—¿Del todo? ¿Quiere decir que ha habido un intento?
—Más o menos. Ha pronunciado alguna palabra en sueños. Balbuceos ininteligibles, en apariencia. Es buena señal. Parece que la actividad cerebral intenta traerla de vuelta cuanto antes.
—¿En apariencia? Especifique eso.
—Bueno, eran palabras, sin duda. Pero no en castellano. —Arsenio se vio sorprendido ante tal testimonio, abriendo ampliamente sus ojos y echando su cabeza levemente hacia atrás en acto reflejo.
—¿Tiene algún registro de esas primeras palabras? Es importante, podría estar identificando a alguien o algún lugar.
—Por supuesto. Lo he grabado en mi móvil. Cuando un paciente ingresa por orden o acompañado de la autoridad, tenemos unos protocolos de actuación. Se lo paso a su teléfono.
—Por cierto, ¿averiguó algo de lo que hablamos de su ropa? Podría haber...
—¡Oh, mierda! Disculpe —interrumpió el doctor—. Lo olvidé. Voy a ver si localizo al personal de enfermería, a ver si pueden decirme algo. Me permite su número; ¿es el oficial, verdad? No se ofenda, pero ya sabe cómo es esto de la protección de datos. Están más protegidos que nosotros.
—Hacemos lo que podemos.
—¡Oh! No me refería a...
—No se preocupe, solo estaba bromeando. Tenga, aquí lo tiene. Es el oficial del cuerpo. Más seguro que aquí no estará —le mostró la pantalla con los caracteres de su número bien grandes, para que tomara nota el doctor.
—Pues va para allá el audio. Espero que pueda servirle. Lo dicho. Vuelvo con el resto. Cualquier cambio en su estado, le mantendré informado.
—Ahora que tiene mi número, si no me localiza en la sala de espera, llámeme. Mi intención es quedarme hasta que recupere la conciencia. Pero si me llaman para atender otras urgencias o me ausento por lo que sea, llámeme. De acuerdo.
—Así lo haré, agente.
—Muchas gracias, doctor.
El doctor regresó a las entrañas del hospital y el teniente, sintiéndose algo más liberado de su guardia, decidió ir a la cafetería a tomar un almuerzo.
Puso la suya en el carril, junto con el resto de la caravana de bandejas. Paso firme, lento, casi procesional hasta ir llegando a las cámaras con los alimentos. Un plato con un donut de chocolate, café expreso con leche, cuchillo, tenedor y camino de la mesa vacía más cercana.
Cuando las salas de espera de los hospitales están llenas, las cafeterías lo están aún más. Encontró un hueco junto a la ventana; allí daría cuenta de su rancho. Del bolsillo de su camisa sacó sus cascos inalámbricos, aunque solo uno de ellos lo llevó a su oído.
Buscó el mensaje de audio, reposó su pulgar en el icono de play y escuchó atentamente las palabras de la joven. Una y otra vez. Apretaba el auricular con su dedo índice para que la voz sonara más intensa en el centro de su cabeza.
Cuando el audio terminaba, lo volvía a poner. Ajustó la opción de escucharlo en bucle. Dejó el teléfono sobre la mesa, cerca del plato con el medio donut y del bolsillo interior de su chaqueta de uniforme; dio luz a su lapicero y libreta de espiral. Había cosas donde la tecnología no llegaba para él.
Las notas importantes de un caso las escribía a mano. Jamás le faltaba memoria ni podía o no dejar de usarlo por falta de batería. Las palabras a medio decir, aquellos sonidos ininteligibles, empezaban a tomar forma fonética gracias a las repetidas escuchas. Comenzó a anotar:
—"Pentru venire... Stăpânul Întunericului... Aleasa... Pântecul tău... Pentru venire... Va renaște... Aleasa... Aleasa... Aleasa... "
Lo tenía. No hacía falta escuchar más. Repasó el texto con una última pasada de audio. Estaba exactamente lo hablado sincronizado con lo escrito.
—¿Qué diablos dice? ¿Qué idioma es este? Parece latín —escribió la palabra en su bloc con tres interrogaciones al final. Luego usó el traductor para ver si conseguí algún resultado con el antiguo idioma, sin resultado satisfactorio—. Tendré que ir a ver al sacerdote... Mi latín queda ya muy lejos de los recuerdos de mis estudios.
Mientras terminaba de apurar su almuerzo y sus notas de bloc, el latín lo transportó a su época de estudiante. Su nombre no pasaba desapercibido en las aulas; aquellas junglas de flexo y papel, la carga sobre sus hombros de bromas infinitas e iguales ayudaron a forjar su personalidad seria y calmada para lidiar cualquier situación con la ventaja que proporcionó aquel ejercicio de serenidad. Aquellos tiempos le revelaron que el individuo es inteligente, pero la masa, el rebaño, era un ente ignorante, absurdo, irritante e inútil a cualquier esfuerzo por hacerse escuchar. "De uno en uno" susurró para concluir su reflexión.
Un nuevo mensaje le llegó de parte del doctor. La joven había despertado. Estaba consciente. En los hospitales, los médicos son la ley; ambos se conocían, sabía que las intenciones de Arsenio eran más altruistas que laborales, por lo que le indicó la planta y habitación de la UCI donde la joven estaba siendo atendida.
—Ala este, segunda planta, habitación 207. Vamos para allá.
La joven estaba conectada a los monitores donde se registraba su pulso y tensión, bolsa de suero y oxígeno que el doctor Martínez retiraba en el momento de entrar el agente. Estaba muy débil pero consciente; sus ojos querían abrirse, pero pesaban.
—Pase, Arsenio. La dejo con Claudia. Solo le he preguntado su nombre para dirigirme a ella. El interrogatorio preliminar lo dejo de su cuenta, es su trabajo. No la haga esforzarse mucho; de todos modos, voy a quedarme con vosotros para supervisarlo todo y obrar en beneficio de la paciente. Cuando quiera. Proceda con su labor.
—Hola, Claudia. Soy el teniente Arsenio, estoy aquí para ayudarte. Ya hablaremos más adelante con calma para completar los vacíos de los hechos. No quiero que te esfuerces en hablar demasiado. Ahora, lo que más me interesa es saber a quién podemos avisar para que vengan a cuidarte. No pareces del pueblo, ¿estás hospedada en algún albergue o en compañía de alguna familia?
Claudia abrió despacio sus párpados para encontrar la voz que le hablaba. Las palabras le iban a costar que salieran, pero había que intentarlo.
—Con una amiga... Carmen... hija de Julio y María cerca de la plaza del Alamillo...
—Estupendo, Claudia —anotaba los nombres en la libreta, aunque los conocía de sobra; eran gente de posibles del pueblo. Todos conocían a los "Casamontes". En los pueblos de Castilla, si tu familia no tenía un sobrenombre, no existías—. Esto me vale mucho; enseguida avisaremos para que pueda venir alguien a hacerte compañía y cuidar de ti, aunque aquí estás en excelentes manos —guiñó un ojo al doctor—. Veamos, Claudia, ¿puedes decirme muy escuetamente qué te ha ocurrido? Te encontramos inconsciente en el cementerio del pueblo. ¿Por qué ir al cementerio a horas tan intempestivas?
—Las notas... encontré unas notas... unos sobres... escritos... —respiraba fuerte y hondo, como si le costara encontrar el aire para sus pulmones—. Instrucciones en forma de acertijo... Creí que era un juego. Una de las notas, la que encontré cerca de la iglesia, me llevó al cementerio. La otra a una tumba en concreto... era una entrada a las catacumbas del cementerio... no recuerdo nada más...
Anotaba en su bloc las palabras notas, sobres, los lugares donde se hallaron y en letras mayúsculas CATACUMBAS, subrayándolo dos veces. Le extrañó sobremanera. Quería indagar sobre este particular; lo dejaría para más adelante considerando el estado de la joven.
—¿Qué puedes decirme de esos sobres?
—Los guardé en los bolsillos de mi vestido.
—Martínez, por favor, se hace imprescindible localizar al personal que hizo el cambio de ropa de Claudia. Necesito ese vestido antes que el movimiento de la prenda pueda hacernos perder pistas valiosas.
Sin articular palabra de acuerdo, el doctor, antes de que terminara la frase, ya estaba llamando a su personal para exigir de forma urgente la localización y entrega del vestido.
—Gracias, Claudia. Ahora descansa. De momento, con esto, es suficiente para empezar. Gracias, doctor. En cuanto a...
Interrumpió en la habitación uno de los enfermeros con una prenda en la mano, el vestido de Claudia. Era un chico joven, recién salido de la facultad. Con barba de unos días, gafas de pasta marrones y un pendiente de aro en la oreja derecha. Parecía tartamudear con cada inicio de frase.
—Bu.. Buenos días... doctor... a, aquí le traigo lo que me ha pedido. Disculpe si he causado demora en algo... no... no era mi intención importunar al agente.
—Teniente, joven. Teniente Arsenio. Deme a mí ese vestido. Necesito comprobar algo. Puede retirarse, si es que el doctor no requiere nada suyo por el momento, claro.
—No. Puedes retirarte, Antonio. Luego nos vemos para lo del paciente de la 308.
—Sí, doctor. Agente. Que, que pasen buen día. Adiós.
Levantó el vestido para estirar la prenda. Accedió a los bolsillos y allí estaban, por suerte, los sobres doblados. Dos notas en su interior, a juzgar por su levísimo peso. Dejó el vestido a un lado para centrarse en el contenido que sostenía en sus manos con gesto de circunstancia. Con más cara de decepción que de asombro, miró al doctor mientras mostraba aquellas notas.
—Publicidad. Solo son papeles con publicidad local.
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