"D"
"Ritual truncado"
Capítulos anteriores:
D. Capítulo 1. D.
D. Capítulo 2. A los pies de su tumba fría.
D. Capítulo 3. Las fauces del sepulcro
D. Capítulo 4. La dama de invierno.
D. Capítulo 5. Guardianes nocturnos.
D. Capítulo 6. Sala de espera.
D. Capítulo 7. El escriba oculto
D. Capítulo 8. Extrañas notas
Capítulo 9.
-Ritual truncado-
"A medianoche te espero donde las almas descansan. Firmado D."
Claudia miró a lo alto del campanario de la iglesia que estaba cerca de donde encontró la nota. Las campanas anunciaron las once de la noche. Quedaba apenas una hora para la misteriosa cita. Estaba decidida a presentarse allí. La misteriosa figura en sombra observaba la escena desde su escondite. Anduvo por la calle principal del pueblo. Esa misma carretera, que serpenteaba por las casas bajas que se sucedían agolpadas, desembocaba en la vieja entrada al cementerio. No muy lejos de ella, su imperceptible compañía seguía sus pasos.
Llegó hasta la destartalada puerta enrejada que daba acceso a un estrecho camino de tierra. En el perfil de lo que alcanzaba a ver con su mirada, se dibujaban las cruces de las lápidas, cortando el horizonte nocturno, iluminado por la media luna y sus acompañantes, las escasas estrellas que dejaba ver el cielo nublado. Pareciera que lo hubiera dibujado algún alma con intención de usarlo en algún escenario idílico para una historia de terror suave. La figura encapuchada seguía detrás de ella, sin que se percatara en absoluto de su presencia.
Claudia no sabía si asustarse o regocijarse con la percepción observada. Decidió elegir lo segundo. Con paso firme fue adentrándose hasta llegar al centro del cementerio, donde la oscura sombra había dejado escasos momentos la segunda nota que debía encontrar. Una especie de plaza con una fuente, muerta también, sin agua, acorde con su lugar, custodiada por la estatua de un ángel que parecía enfadado con el mundo al sentir la pérdida de tantas vidas interrumpidas.
A los pies de la fuente descansaba el sobre que Claudia supo reconocer, pues tenía las mismas características en forma y tamaño que el anterior encontrado. Del sobre, otra nota que rezaba:
“Lorenzo Germán Díaz Hidalgo. 8 de octubre de 1938, R.I.P.” Firmado «D»
Llegaba la parte más delicada de la trampa que la oscura figura había urdido. Localizar la lápida entre la multitud mortuoria. El tiempo aquí podría ser caprichoso para cumplir la tarea. Puede que lo encontrara en escasos minutos o se demorara hasta el amanecer, en cuyo caso el juego terminaría y habría que pensar en otras formas de cumplir el cometido. No quería adelantar acontecimientos; el que se preocupaba antes de las cosas se preocupaba siempre dos veces. No había que perder energías en cavilaciones que aún no habían ocurrido. Confiaba en Claudia.
Tenía ventaja. La sombra oscura sabía cuál era la tumba ganadora y se apostó cerca de ella. Siempre vigilante a los movimientos de la buscadora, no fuera que se acercara demasiado a su posición. Aun con esas, casi la delata al escaparse un minúsculo «eh» de su boca al ver cómo Claudia caía de bruces al suelo y su nota salía volando por los aires. Respiró algo más tranquilo cuando vio que aterrizaba precisamente en la lápida escogida para el ritual. No era suerte. Las fuerzas oscuras habían obrado. Estaba casi hecho. Solo debía encontrar la manera de abrir la cripta.
Durante un rato anduvo observándola como palpaba cada centímetro de la sepultura, intentando buscar lo que fuera que debía buscar para la siguiente pista o parte del enigma. La oscura figura sentía cómo llegaban sus ganas de fumar, acentuándose las mismas por los nervios de ver finalizada su labor nocturna. No podía satisfacer ese deseo. La llama del mechero, el fuego del cigarrillo, incluso el caprichoso olor transportado por la brisa nocturna haría saber al más pintado que allí se escondía.
Secó sus ansias con el frío de la noche hasta que escuchó un sonido de roce de piedras que hizo olvidar todo síntoma de abstinencia. La lápida comenzó a temblar y a moverse con Claudia encima. Había encontrado el resorte de la letra «D».
La tumba se abría descubriendo la fosa. Descubriendo la entrada secreta a la cripta subterránea del cementerio. Vio como una dubitativa Claudia, pero al fin decidida, se adentraba en ella. Estaba hecho. Podía abandonar su escondite y regresar a casa. Antes de precipitarse a hacerlo, necesitaba hacer una llamada.
No quedaba un alma, viva al menos, que pudiera ver el resplandor de la pantalla de su móvil; no disimuló para llamar a su contacto.

—Está hecho. Acaba de entrar. El resto queda de su mano. Regreso a casa.
—Te he dicho que no me llames a este número. Creí haberlo dejado lo suficientemente claro. Permanecerás en posición hasta que todo termine. Debemos asegurar el ritual. Te dije, cuando insististe en formar parte de esto, que habría momentos así. Es momento de acarrear con el deber. Permanece ahí.
—¿Y hasta cuándo? Debo regresar en algún momento o en casa me echarán en falta. Empezarían las preguntas y eso no es bueno para la hermandad.
—Tenemos formas de suplir esos inconvenientes… —Sonó a amenaza—. Quédate y espera. Todo habrá terminado antes de despuntar el alba. Eso te lo garantizo. Si ves que la noche empieza a aclarar, márchate. Infórmame. Pero en persona. No vuelvas a llamarme.
—De acuerdo… —La llamada se interrumpió. Cortaron comunicación desde el otro lado antes que pudiera escuchar este último comienzo de frase.
—Pues nada. A esperar toda la maldita noche. Debí coger más y mejor abrigo. Al menos tengo la batería del móvil casi al completo.
Se acomodó como pudo entre el espacio que dejaban dos sepulturas. Sentada la figura encapuchada, desde allí le daba para vigilar la entrada a la cripta y dar cuenta de cualquier acontecimiento que ocurriera. Ninguno esperaba, salvo la llegada del amanecer. Alternaba su vista en espacios de escasos minutos entre su teléfono y la tumba. Todo estaba tranquilo. Al menos, allí afuera.
Se preguntaba qué harían con la chica. La hermandad era muy reservada. Solo le dieron instrucciones para indicarle quién era la elegida y lo que tenía que hacer con aquellas notas. El resto, cuando probara su valía. El trabajo de aquella noche junto con la guardia nocturna a la intemperie serían muestras de su lealtad.
La madrugada continuaba su largo paseo buscando el alba. Ininterrumpido, goteo de segundos, minutos y horas, así, noche tras noche. La batería del móvil iba mermando a cada hora pasada. Su portador hacía cuentas rápidas y calculaba que tenía de sobra para seguir navegando por sus redes sociales, no así su paquete de tabaco, del que apenas quedaban cinco cigarrillos. Los videos cortos no ejercían influencia al tiempo real; se le estaba haciendo pesado, como si el frío también lo hubiera congelado.
El sueño también lo interrumpía a veces. Lo espantaba dando respingos con la cabeza y moviéndola de lado a lado, como si expresara una negativa. Pronto todo estaría hecho y pondría rumbo a su casa. Directa a la cama.
Un sonido truncó su deseo, apartando por completo a los emisarios de Morfeo. Su atención se intensificó a estado de alerta cuando lo escuchó de forma repetida. Era el sonido lejano de una gran puerta cerrándose.
Era el precedente de unos leves chillidos de auxilio lejanos. Tardó poco en entender que venían del interior de la fosa. Algo había salido mal. Los gritos de Claudia cada vez eran más claros y cercanos. A la orquesta de pavor se le unían los ruidos de su paso acelerado. Se deducía que corría buscando el exterior con desencajado terror.
Agazapada la figura oscura, entre las cruces de las tumbas, vio la escena. Aún debía vigilar su presencia. Claudia escapaba de las fauces del sepulcro. Corría sin rumbo suplicando auxilio, llorando de pavor, con el rostro desencajado. Solo pudo recorrer unos metros antes de desplomarse inconsciente.
El encapuchado no sabía a qué atender o a quién socorrer. La tumba estaba al descubierto. Un escalofrío recorrió su espalda. Hizo que tomara la decisión en décimas de segundo, pensando más en las consecuencias de un fatal error frente a la hermandad que en practicar su empatía; corrió presto a sellar la entrada.
Oprimió la letra «D» y la piedra sepulcral volvió a su lugar de origen cerrando la cripta. Solo quedaba ir a donde yacía Claudia para asegurarse de que no seguía en posesión de los sobres con las notas manuscritas.
Cuando estaba a punto de llegar a ella para registrar los bolsillos de su vestido, notó la presencia de alguien más en el cementerio. Era Juan. El vigilante, el sepulturero. Llegaba para empezar su jornada.
Se ocultó de nuevo entre las tumbas, avanzaba escondido poco a poco hacia la salida mientras Juan comenzaba su labor amontonando las hojas secas.
El sepulturero se percató de la presencia de Claudia; estaba sobre ella, intentando averiguar si vivía o si, por el contrario, formaba parte ya de aquel recinto. Se quitó su abrigo para cedérselo a la joven; acto seguido, lo vio correr hacia su caseta, sin duda para avisar a la Guardia Civil, momento en el que aprovechó para abandonar, al galope sin caballo, el cementerio.
Logró llegar a su casa sin ser visto. Con la misma condición, por la parte que tocaba respecto a sus familiares, llegó a su habitación. Una sombra. Como si nunca hubiera ocurrido. Salvo por esos sobres.
Esos malditos sobres le estaban consumiendo cualquier sensación de victoria. Claudia vivía y se había metido de por medio la Guardia Civil. Maldecía su mala suerte. Todos dormían. Debía hablar bajo cuando llamó por teléfono.
—Antonio. Soy yo. Tienes que hacer algo de vital importancia. Es crucial, de modo que escúchame con atención. En cualquier momento os va a llegar una paciente. Una mujer joven. Sin identificar. Por orden de Arsenio, el picoleto del pueblo. Quiero que mires en los bolsillos de su vestido. Si ves que hay dos sobres, debes hacerte con ellos. Me has entendido. Quítale esos malditos sobres. ¿Me oyes?
—Te… te oigo. Pe…pero.
—Ni peros ni peras. Si no te haces con esos sobres, juro por Dios que te mato.
Gracias por leer hasta aquí.
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