"D"
"El intercambio"
Capítulos anteriores:
D. Capítulo 1. D.
D. Capítulo 2. A los pies de su tumba fría.
D. Capítulo 3. Las fauces del sepulcro
D. Capítulo 4. La dama de invierno.
D. Capítulo 5. Guardianes nocturnos.
D. Capítulo 6. Sala de espera.
D. Capítulo 7. El escriba oculto
D. Capítulo 8. Extrañas notas
D. Capítulo 9. Ritual truncado
Capítulo 10.
-El intercambio-
El pasillo retumbaba, como una caja de música desafinada, al caer en las entrañas de la máquina el cero con ochenta y cinco euros que costaba el café. Tragó las monedas para seguidamente obsequiar con una elección de las tantas variantes del preciado líquido. El dedo apretó el que decía “Espresso con leche”. El vaso de duro cartón sonó como un tambor roto cuando llegó al tope; la máquina comenzó a quejarse preparando el café. Mientras se llenaba, Antonio revisaba los mensajes de sus redes sociales. Le quedaba poco para terminar su guardia de un turno que no hubiera dudado en calificar de tranquilo. Sin apartar la vista de la pantalla y guiándose por su oído, atrapó su bebida cuando el silencio volvía a ser la norma reinante en el tranquilo y solitario pasillo del hospital.
Tenía un descanso de veinte minutos, por lo que se dirigió a la sala de enfermería. Un lugar tranquilo, apacible, aséptico de los problemas del recinto. Solo para ellos. Los médicos gozaban de un homónimo con algo más de confort y sofisticación en los electrodomésticos. No era por queja ni comparación, ya que su zona de confort era más que satisfactoria. Bien iluminada, una gran mesa para dar de comer a seis personas, nevera, microondas para calentar la comida traída de casa, puesto que, si bien el menú de la cafetería eran unos más que asequibles cinco con cincuenta, los finales de mes no perdonaban a nadie. A esto había que añadir que médicos y enfermeros tenían guardias; el personal de la cafetería no, por lo que tener aquel aparato era casi requisito indispensable. Un gran mueble con cajones donde platos, vasos y cubiertos compartían espacio y un gran mural de corcho para colgar anuncios, solicitudes o notificaciones del hospital. En medio de todo aquello, Antonio. Tomó asiento en una de las esquinas de la mesa para beber su café sin despegar contacto visual del teléfono.
Movía y removía la pantalla con su pulgar, arriba y abajo, cascadas de información inútil parida en redes, manipulada, cargada de odio, sin interés, directa a atontar conciencias, pero que en momentos de guardia, agradecía. Todo aquel caudal de ponzoña se detuvo cuando apareció la foto acompañada de su nombre en la pantalla. Era ella. Su mano temblaba cuando deslizó el icono verde para contestar.
—Antonio. Soy yo. Tienes que hacer algo de vital importancia. Es crucial, de modo que escúchame con atención. En cualquier momento os va a llegar una paciente. Una mujer joven. Sin identificar. Por orden de Arsenio, el picoleto del pueblo. Quiero que mires en los bolsillos de su vestido. Si ves que hay dos sobres, debes hacerte con ellos. Me has entendido. Quítale esos malditos sobres. ¿Me oyes?
—Te… te oigo. Pe… pero.
—Ni peros ni peras. Si no te haces con esos sobres, juro por Dios que te mato. ¿No tenías tantas ganas de tener una oportunidad para entrar?
—Sí… pero…
—Pues ahora puedes hacerlo. Consígueme esos sobres y yo misma hablaré en tu favor.
—De acuerdo… lo… lo intentaré.
—¡Hazlo! ¡Nada de intentos! ¡No vayas a joderme!
Antes de poder solicitar más instrucciones que pudieran ayudarlo a identificar a la muchacha, se interrumpió de forma abrupta la comunicación. La tranquilidad de la que antes hacía gala en su ejercicio de repaso nocturno había concluido. Hora de ponerse en marcha. Si debía esperar una emergencia, la primera pista era evidente: acudir a la rampa exterior de ambulancias en la entrada de Urgencias del hospital.
Allí permanecería hasta divisar las luces de la sirena. Todo su cuerpo tenso por ambas esperas, la de la ambulancia y la de su móvil por si se daba algún aviso de su médico adjunto que hubiera que atender. De producirse el segundo supuesto antes que el primero, tendría que inventar una excusa o directamente no contestar la llamada, justificando después de manera simple que no lo había escuchado. Era más dado a evitar los problemas de frente. Prefería siempre flanquearlos.
—¡Ah, ya estás aquí! Qué rapidez. ¿Quién te ha dado el aviso? —dijo Florencia, asustando a un atento Antonio, aunque ella prefería siempre que la llamaran Flor. Usaba siempre este matiz cuando se presentaba.
Al mirarla sobresaltado, pensó que ya era casualidad que la jefa de enfermeras tuviera guardia precisamente esa noche. Solía hacer el cuadrante para librarse la mayor parte de ellas, pese a las quejas de las menos veteranas. En cualquier disciplina humana rige siempre una jerarquía donde el equilibrio de poderes se encuentra en constante oposición a ella, con la esperanza algún día de convertirse en la nueva. Antonio no entraba en esos juegos. Sus ambiciones estaban puestas fuera del ámbito laboral. Consideraba mediocre discutir por los turnos y guardias. Simplemente, aceptaba. Para él era fácil, un joven que aún vivía con sus padres. Cualquier motivo para no estar encerrado en su cuarto era bueno, trabajo incluido.
—¡Flor, qué susto me has dado! ¿Qué haces aquí? ¿Avisado? ¿Quién?
—Sí. Nos han llamado los compañeros de la unidad móvil. Vienen con una joven inconsciente. Martínez me ha pedido que la recepcionemos y la llevemos a la UCI, a la… espera, lo apunté en el móvil… segunda planta del ala este, la 207. Allí nos espera. ¿Te ha avisado él, no?
—Claro… claro. Sí. Me ha avisado el doctor, ¿quién si no? —reía de forma nerviosa para diluir la mentira.
Cortando la noche en intenso color azul intermitente, la ambulancia se acercaba por la avenida principal de camino a la entrada de urgencias. La ausencia de tráfico hacía parecer sus movimientos aún más rápidos que los que acostumbraba de por sí, en jornadas diurnas. Detuvo su acelerado paso en la entrada principal. Flor y Antonio iniciaron el paso hacia las puertas traseras del vehículo que ya se abrían, mostrando la presencia del enfermero que, con salto circense al suelo, botella en mano alzada, abría el cortejo asistencial. Tiraron de la camilla donde inconsciente reposaba Claudia; las patas con ruedas se desplegaron para sujetar el conjunto, poniendo la cabecera rumbo hacia las entrañas del hospital. A la carrera, el médico de la unidad móvil contaba la situación a la par que trasladaban también el trabajo realizado.
—Paciente hallada a la intemperie, inconsciente, con síntomas de hipotermia severa e hipotensión. Hemos administrado fludrocortisona intravenosa. Logramos estabilizarla para que no entrara en paro cardíaco. Toda suya ahora, compañeros. En cuanto la dejemos en la UCI, regresaremos a guardia por si hubiera otro aviso.
Llegaron a la 207. Antonio acompañaba, intentaba hacer, se movía a un lado, al otro, parecía tener controlada la situación y formar parte del equipo. Lo cierto era que entorpecía más que ayudaba. Hubiera sido mejor quedarse en una esquina mientras médicos y enfermeras pasaban de la camilla a la cama, mientras intercambiaban vías, cables y máquinas a enchufar al cuerpo inconsciente de Claudia. Todo iba muy deprisa, hasta que con la misma rapidez todo quedó en calma. La paciente en posición, los compañeros de ambulancia se marcharon con sus pertrechos, el doctor Martínez examinando constantes, Flor a su lado y Antonio, a los pies de la cama, observando la escena.
Al cabo de unos minutos, Martínez dijo:
—Vale. Pues creo que lo tenemos. Flor, avisa al laboratorio que vamos a necesitar analítica y que traigan bolsas de sangre cuando conozcan su grupo. No me gusta nada esa tensión. Voy a bajar a ver si veo al guardia que dio el aviso para informarle. Me han comentado que venía de camino tras la ambulancia. Debe estar en la sala de espera o a punto de llegar. Ahora que la paciente está algo más estable, ocupaos del cambio de ropa. Ponedle un camisón y guardad su ropa en la taquilla. ¿Vale?
—Sí, doctor. Me ocuparé enseguida —contestó rápidamente Flor ante la mirada preocupada de Antonio. Necesitaba comprobar esos bolsillos, tenía que hacerse con aquellos sobres.
—Lo… lo hago yo si quieres, Flor. ¿Te parece? Déjame que…
—Ni lo sueñes. Es una mujer y una mujer la va a cambiar. Tú si quieres márchate; si te necesito, ya te aviso.
Flor sacó un camisón hospitalario de uno de los armarios de la habitación. Con sumo cuidado fue quitándole el vestido, prestando atención a las zonas donde requería una rápida maniobra de quita y pon de las vías, sin que las máquinas que lo registraban se dieran cuenta.
Antonio observaba, casi como acto reflejo, el hermoso y esbelto cuerpo de Claudia. Su ropa interior hizo que su libido fijara su vista en las zonas más sexuales, pechos y pubis, finamente tapados por sostén y braguitas negras. No hacía falta que Flor lo viera; estaba notando aquellas miradas fugaces. Se apresuró a cubrirla con la ropa del hospital y las sábanas, depositando el vestido a los pies de la cama.
Aquel suave aleteo de tela hizo que se escurriera de los bolsillos uno de los sobres, terminando su corto viaje en el suelo, muy cerca de Antonio. Su pulso se concentró en sus sienes al verlo. Uno de dos, del puzle de su misión. Iba a cogerlo sin que Flor se diera cuenta, pero el levísimo sonido que hizo al caer hizo que también se percatara de que algo se había escapado de las pertenencias de la paciente. Con enérgico movimiento se inclinó para comprobar.
—¡Algo se ha caído, Antonio! ¿Puedes cogerlo, por favor? —el semblante en la cara del enfermero delataba su estado de ánimo. Nunca antes la jefa de enfermeras había visto ese rostro de enfado. Ella lo achacó a que su orden no le había entusiasmado demasiado. Eso la agradaba sobremanera—. Dámelo, rápido. ¿A qué esperas? Estás atontado, hijo mío.
Antonio sostuvo el sobre en sus manos. Miró a su compañera y se lo entregó. Ella lo depositó de nuevo en su lugar de origen.
—Vaya, aquí hay otro sobre. Dos en total… espera, voy a mirar en el otro bolsillo por si acaso hay más cosas. Nada. Solo estos dos. Dos sobres. Antonio, ya está lista la paciente. Voy a dejar sus cosas en su correspondiente taquilla y a registrar la entrada en el parte de ingreso. Creo que eso es todo lo que traía, ¿no?
Las taquillas de la UCI se encontraban al final del pasillo, en la última habitación del ala. El parte de registro de ingreso significaba que iba a quedar constancia de forma clara, oficial y precisa de todo lo encontrado en la paciente. Flor anotaría el personal involucrado, día, hora, pertenencias y, por supuesto, el registro de aquellos malditos sobres.
Tenía que pensar en algo y rápido. Flor registraría los sobres en el parte, pero no había comprobado su interior. Una idea de lo que tenía que hacer fue gestándose en su cabeza; tendría que posponerla unos instantes, pues su médico adjunto, Martínez, lo estaba llamando.
—Dime.
—Antonio, ¿sabes si la paciente tenía entre sus pertenencias algún tipo de identificación, un DNI o carnet de conducir, o de la biblioteca? Ya sabes. Algo con lo que identificarla. Es para el agente que lleva el caso, para avisar a familiares o amigos.
—Pues, ha ido todo muy rápido, doctor. Voy a comprobar en su ropa por si hubiera algo. Si encuentro, le digo.
—Gracias.
Con esto ganaría tiempo. No mucho. No podía deshacerse de los sobres sin más. Al estar registrados, empezarían las preguntas que requerían de respuestas. Su nombre aparecería en el parte de ingreso. De pronto recordó su apacible café en la zona de descanso de enfermería. Del tablón de anuncios.
No podía deshacerse de los sobres, pero sí cambiar su interior. Debía hacerlo sin ser visto en ningún momento, en ningún lugar, en ninguna de sus acciones.
Aprovechó la oportunidad que le brindaba la soledad para hacerse con ellos. Abandonó la habitación para dirigirse a la sala de taquillas de la UCI. Localizó la 207. Sacó las notas del interior y las guardó en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Durante unos segundos estuvo sopesando qué hacer con los sobres. ¿Dejarlos en el vestido por si lo requerían? Aunque esa maldita Flor los sostuvo, el peso delataba contenido, sin duda… ¿O sería mejor llevárselos y aguantar los interrogatorios del personal del hospital y la Guardia Civil si los echaban en falta?
Mejor dejarlos. Siempre podía poner en duda que contuvieran algo. Aun así, intentaría el cambio. Puso rumbo a la sala de enfermería.
Andaba con paso acelerado para aprovechar los últimos rescoldos de la madrugada, cómplice de la soledad, la quietud y el silencio, antes que la zona de descanso se llenara del habitual personal que sospechara de sus intenciones.
Entraría de nuevo con un café, más por adornar su coartada que por falta de cafeína en vena. Dentro había dos compañeras. Acaban de llegar para empezar turno, tomaban también café y despertaban del letargo del sueño practicando conversaciones estériles.
Después del cortés intercambio de “buenos días” entre compañeros, Antonio se apoyó en la pared, cerca del tablón de anuncios de corcho, mientras disimulaba con su móvil.
Entre sus compañeras, móvil, anuncios y puerta de entrada, por si llegaban más invitados, bailaban sus ojos.
Sus plegarias solicitaban quedarse solo. Maldecía. Deseaba que se marcharan ya. Pronto, las horas de la mañana traerían nueva compañía, complicando en exceso sus planes por dejar el asunto resuelto.
Una de las enfermeras miró el reloj e instó a la otra a marcharse, pues quedaban minutos para fichar su entrada. Antes de que salieran siquiera por la puerta, una vez de espaldas a Antonio, aprovechó y arrancó del mural un puñado de anuncios con publicidad local y los guardó en su bolsillo derecho. Respiró hondo. Quedaba poco para completar su misión.
No se había cronometrado, pero hubiera jurado batir un récord de tiempo, desde la zona de enfermería hasta la habitación de taquillas de la segunda planta de la UCI.
Abrió de nuevo la taquilla de la 207 y guardó la publicidad en los sobres. De nuevo, el teléfono requería su atención.
—Soy yo otra vez. ¿Qué hay de eso que te pedí? ¡Hazme el maldito favor de traer las cosas de la paciente de la 207! ¡Inmediatamente! ¡Ya! ¡Me oyes! Lo requiere el teniente.
—Enseguida, doctor.
Al colgar, una siniestra mueca de sonrisa orgullosa se apoderó de su rostro. Tomó el vestido y se dirigió a la habitación donde paciente, doctor y teniente esperaban. Entró con la prenda en la mano.
—Bu.. Buenos días… doctor… a, aquí le traigo lo que me ha pedido. Disculpe si he causado demora en algo… no… no era mi intención importunar al agente.
—Teniente, joven. Teniente Arsenio. Deme a mí ese vestido. Necesito comprobar algo. Puede retirarse, si es que el doctor no requiere nada suyo por el momento, claro.
—No. Puedes retirarte, Antonio. Luego nos vemos para lo del paciente de la 308.
—Sí, doctor. Agente. Que, que pasen buen día. Adiós.
Levantó el vestido para estirar la prenda. Accedió a los bolsillos y allí estaban, por suerte, los sobres doblados. Dos notas en su interior, a juzgar por su levísimo peso. Dejó el vestido a un lado para centrarse en el contenido que sostenía en sus manos con gesto de circunstancia. Con más cara de decepción que de asombro, miró al doctor mientras mostraba aquellas notas.
—Publicidad. Solo son papeles con publicidad local.
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