D. Capítulo 11. Caso abierto

"D"

"Caso abierto"




Capítulos anteriores:

D. Capítulo 1. D.

D. Capítulo 2. A los pies de su tumba fría. 

D. Capítulo 3. Las fauces del sepulcro

D. Capítulo 4.  La dama de invierno.

D. Capítulo 5. Guardianes nocturnos.

D. Capítulo 6. Sala de espera.

D. Capítulo 7. El escriba oculto

D. Capítulo 8. Extrañas notas

D. Capítulo 9. Ritual truncado

D. Capítulo 10. El intercambio



 

Capítulo 11

-Caso abierto-





—Publicidad. Solo son papeles con publicidad local.

—No sabría decirle, teniente —contestó entre indiferente y asombrado el doctor.

    La que no pudo permanecer en ese estado pasivo, ante el hecho, fue Claudia. Empezó a removerse en su cama cuando vio los papeles que sujetaba el guardia y que en nada tenían que ver con los originales.

—¡No entiendo nada! ¡Eso no era lo que había en los sobres! ¡Se lo juro, agente! ¡Tiene que creerme! ¡Había unas notas con unas instrucciones precisas que me emplazaban al cementerio... a una tumba... a unas catacumbas... gente perversa... ¡Se lo imploro, no estoy loca, deben creerme!

    Las lecturas de las máquinas de su pulso y tensión certificaban la sinceridad de Claudia al dispararse los números en las pantallas. Martínez comenzaba a manipularlas para afinarlas. La experiencia de Arsenio también lo predisponía a creer en la joven. Hasta ahora, el orden de los hechos encajaba; no había por qué dudar de su palabra.

—Cálmate, Claudia. Te creo. Quédate tranquila. Solo son elementos para desempeñar mi trabajo. Algunas evidencias son más relevantes que otras; incluso las confusas, como la que nos ocupa, hablan más y mejor que una pista clara y concisa. Confía en mí.

    Era evidente que alguien lo había manipulado. Alguien se había tomado la molestia de cambiar notas por inútil papel. Habían improvisado, adaptado y vencido; al menos eso les concedería de momento. Estaban bien organizados y coordinados. Alguien, dedujo, dio el aviso al hospital para que actuaran con presteza. Antes incluso de su llegada. Dos sombras sin rostro y de silueta indefinida, una para cada sospechoso, imaginó el teniente en su cabeza.

    Mantendría el silencio de sus conclusiones preliminares, por el momento.

    Un buen detective guarda sus sospechas, sus deducciones, su progreso en el caso, para que el curso de los acontecimientos siga, sin que sus silenciosos avances alteren los planes de sus sospechosos. Una palabra en falso por adelantado supondría influir en las intenciones del enemigo.

—Teniente, si le parece, vamos concluyendo la visita. La paciente necesita descansar.

—Sí, doctor. Me parece correcto. Tengo suficiente para empezar a trabajar. Caso abierto. Lo primero, hablaré con sus anfitriones para que venga alguien a hacerle compañía a la muchacha. Una última pregunta, Claudia, y te dejo tranquila, por el momento... Voy a avisar a los Casamontes, pero... ¿Quieres que avise a tu familia? No sé, ¿padres? ¿Hermanos?

—No, agente. Por el momento no quiero alarmarlos. Ya pusieron demasiados impedimentos cuando supieron que me venía unas semanas al pueblo, como para darles ahora razones para mi tormento. Ya les diré yo, cuando me recupere... Porque, ¿me voy a recuperar? ¿No, doctor?

—Por supuesto, Claudia, estás en las mejores manos —le dedicó su mejor y más sincera sonrisa.

    Guardia Civil y médico abandonaron la habitación. Cada uno a sus trabajos. El primero anotaba en su bloc; el segundo marchó, con una rápida despedida, para continuar con su visita a los pacientes.

    Arsenio se dirigía a los ascensores mientras seguía escribiendo sospechas y evidencias.
Subrayó el nombre de "Antonio" al que le añadió "El enfermero" como coletilla identificativa.
Debajo de su nombre continuó escribiendo:
"Otra persona, fuera del hospital, sabía que Claudia iba a venir y necesitaba borrar rastro de esas supuestas notas. Son importantes. Localizan una entrada, según testimonio de la chica".
"Avisar a los Casamontes"




    Con un giro de muñeca cerró su bloc y lo llevó al bolsillo interior de su chaqueta, junto con el lápiz. Miraba hacia el techo mientras esperaba la llegada del ascensor.

    Llegó a la planta baja para encaminarse a la salida. Antes de cruzar la puerta para dirigirse hacia el coche patrulla, su cabo lo llamaba al teléfono.
—Sí, dime, cabo.
—Buenas, teniente. Esto puede que sea de su interés; ya sabe que las casualidades existen y esta parece haber tomado buen pulso.
—Cuéntame.
—Hemos recibido una llamada de los Casamontes para denunciar la desaparición de... espere, que lo tengo aquí apuntado.
—¿Claudia?
—Exacto, teniente. Claudia Benítez Dubóis. Siempre consigue estar un paso por delante. ¿Cómo lo hace?
—Mitad suerte, mitad trabajo, viejos conocidos para un detective. Caso cerrado. Al menos la parte que toca a esa llamada. Ha aparecido. Es la chica sin identificar que trajimos esta madrugada. Es una joven que está pasando unos días con la hija de los Casamontes, en su casa. Debieron echarla en falta a primera hora. Lo que me inquieta es por qué no lo hicieron antes. Supongo que me viene de oficio sospechar de todo. Bien, tenemos sus apellidos. Hazme el favor de buscar su domicilio, pero no llames a sus familiares; me lo ha pedido expresamente. Ya habrá tiempo para eso. Dejemos que todo repose y nos ahorraremos sentimientos que interfieran.
—La llamada ha sido hace escasos minutos. Han debido darse cuenta hace poco, al comienzo de las jornadas.
—Cierto... en fin. Voy para el pueblo. Iré a hacer una visita a Los Casamontes. Con esta clase de gente hay que guardar ciertas formas. Los informaré en persona. Procura descansar, si es que te dejan. Corto.
—Corto, teniente.






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