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Doina "La Rumana"
Capítulos anteriores:
D. Capítulo 1. D.
D. Capítulo 2. A los pies de su tumba fría.
D. Capítulo 3. Las fauces del sepulcro
D. Capítulo 4. La dama de invierno.
D. Capítulo 5. Guardianes nocturnos.
D. Capítulo 6. Sala de espera.
D. Capítulo 7. El escriba oculto
D. Capítulo 8. Extrañas notas
D. Capítulo 9. Ritual truncado
D. Capítulo 10. El intercambio
D. Capítulo 11. Caso abierto
D. Capítulo 12. Los Casamontes
Capítulo 13
-Doina "La Rumana"-
Vivía sola en una casita arrendada, tan pequeña como el alquiler que pagaba. Aunque estaba provista de dos dormitorios, los dueños mantenían uno de ellos cerrado bajo candado. Le seguía un pequeño salón con chimenea, como casi todas las casas más antiguas del pueblo que no habían dado el salto a las reformas para proveer de moderna calefacción. Antaño, en aquellas casas pobres de gente trabajadora del campo, el salón era un lugar donde se aglutinaban casi todas las partes esenciales del hogar: salón, sala de estar y, por supuesto, el fuego, epicentro donde descansaba la trébede sobre las ascuas para calentar el caldero con el guiso, listo para degustar al regreso de la jornada.
No obstante, al final, el paso del tiempo arrastraba hacia los necesarios cambios. Los dueños habían provisto, en una estancia contigua al salón, un añadido en forma de pequeña cocina con dos fogones de gas butano donde, sobre uno de ellos encendido, trabajaba una cafetera italiana que había comenzado a silbar.
El servicio y la ducha estaban en una estancia aparte, cruzando el patio que guardaba, arropándolo, una gran parra centenaria sin techumbre de hoja ni fruto, solo sus nerviadas ramas al aire, pues la temporada no estaba de su lado.

Allí se encontraba Doina, “La Rumana”, como la apodaban en el pueblo, envuelta en una toalla para secar su cuerpo desnudo; terminando de cepillarse el cabello, tomando su reflejo en el espejo como guía para sus enérgicos movimientos de desenredo. Aunque el trabajo le había mantenido en buena forma, conservando un cuerpo bien definido, su rostro comenzaba a notar el peso del esfuerzo laboral, necesitando cada mañana de más cremas hidratantes y algo más de maquillaje que se iba añadiendo en cada temporada anual Aun con las inclemencias del trabajo y el inevitable paso del tiempo, era una mujer guapa, dentro del canon de la juventud tardía y, en exceso, atractiva, lo que la exponía a ser blanco de miradas acompañadas de susurrados comentarios por parte de los hombres del pueblo, casados o no, y de alguna que otra mujer amante de la belleza sin importar el sexo de donde procediera.
Sobre un taburete, cerca del calefactor eléctrico, estaba la mitad de su vestimenta, ropa interior y medias recias. El resto, al calor de los rescoldos de la chimenea. Le valía más la pena colocarse las prendas de vestir calientes que su precio a pagar, que no era otro que el olor en su ropa a madera quemada, a humo, impregnando las telas hasta bien entrado el mediodía. Olor inconfundible, genuino de pueblo en invierno.
Fue hacia ellas a su encuentro, recorriendo la travesía del patio en tímida carrera para solventar cuanto antes los gélidos fríos de la intemperie. Al paso, antes de llegar al salón para terminar de vestirse, agarró la cafetera y una taza para tomarse el primero de la mañana.
Le gustaba tomarlo solo, sin azúcar y sin leche, cerca del fuego de la chimenea antes de salir hacia su trabajo. Era uno de esos momentos en los que la compañía de sus pensamientos ponía en orden el día anterior y planificaban el que estaba por venir.
El café era más por gusto que por amordazar al sueño. No era muy temprano. Pronto darían las nueve y media de la mañana e iría al lugar de encuentro con su compañera de trabajo, Nina, a la plaza del pueblo. De ahí, a la Iglesia. Esta semana tocaba limpiar la iglesia.
Ambas eran limpiadoras a cuenta del ayuntamiento. Iban donde las requerían: residencia, hogar del jubilado, consulta médica, piscina municipal los veranos... en fin, cualquier sitio gestionado por la hacienda pública. Cuando no había faena, iban al ayuntamiento a tiempo completo, como base de su trabajo. Si bien la iglesia no formaba parte de su amparo, sí que se permitían esa licencia en prestarles sus servicios de limpieza a petición del sacerdote. Política y religión en los pueblos es más intensa, acentuada y difusa por parte de los paisanos más veteranos.
Apuró su taza y se dispuso a salir. Calzado cómodo, abrigo y bolso. Se aseguró de haber cerrado la puerta con llave y puso rumbo a la plaza del pueblo. En unos cinco minutos largos llegaría, cuando llegara su compañera, otros cinco para estar a las puertas de la iglesia.
Siempre era la primera en llegar al punto de encuentro. Detestaba llegar tarde o ser impuntual. Lo consideraba una falta de respeto. Si el tiempo era oro, era menester cuidar de tan preciado tesoro entre todos. Daba y exigía el mismo trato. Si su compañera se retrasaba, daría cuenta con un comentario o reprimenda para que no volviera a suceder. Hoy no sería, pues no era impuntualidad por su parte, simplemente había llegado más temprano de lo habitual. Así podría fumar tranquila, hasta que la viera aparecer calle abajo. Estaba a punto de apurarlo cuando vio su silueta acercarse con paso tranquilo. No había prisa cuando de acudir al trabajo se trataba.
Tuvieron un cordial intercambio de "buenos días" y una actualización de chismes laborales mientras iban camino de la iglesia. No entraron por la puerta principal. Era demasiado grande, pesada y ruidosa. Solo se abrían una vez al año con motivo de la celebración de la Santa Misa y posterior procesión del Santísimo Cristo del Navalcedena, patrón del pueblo. Solo entonces, para que pudieran pasar holgados por sus robustos dinteles, la imagen de Jesús Crucificado y su comitiva de feligreses.
Doina y Nina entraron por una de las puertas de la nave lateral; al ser más pequeña, resultaba más pragmático su acceso y menos ceremonial. Por allí también pasaban los devotos llamados a misa y cualquier paisano o trabajador que necesitara acceder a la casa del señor.
Atravesaron la nave central por el alfombrado pasillo principal. A ambos lados dejaban el reguero de bancos dispuestos en perfecta fila. En cada lado de cada fila, lindando con las paredes de la nave, estufas de butano que agradecían los cristianos en cada misa, disputándose su cercanía, pues el frío del invierno dentro de aquellas paredes se guardaba en perfecto estado de conservación. A lo largo del recorrido, imágenes talladas y cuadros sin más valor que el sentimental, pues eran donaciones de las gentes del pueblo que, entre temporada de aceituna y maíz, tenían a bien practicar el noble arte del lienzo, pincel y óleo.
En cada pueblo se practican, con mayor o menor tino, un buen puñado de disciplinas artísticas que con orgullo sus artífices lucen en cuanto tienen oportunidad. Navalmoral de Cedena no era una excepción. La iglesia era una perfecta galería de arte para aquellos espontáneos pintores, y en los pregones, saetas procesionarias o aniversarios que debían conmemorarse, los poetas y literatos en potencia salían a relucir con su tímida prosa. Con buen público que los arropaba. Para la mayoría de las gentes del pueblo, juntar dos letras o tres pincelazos ya era todo un logro inalcanzable para muchos de ellos, honrando con su sincera admiración su trabajo artístico.
Llegaron a las escasas escaleras que en su recorrido final alzaban el altar. Sobre el inmaculado tapete blanco, custodiado por candelabros de vela apagada, estaba Dimas, el electricista oficial del pueblo. Estaba inspeccionando los micrófonos que ayudaban al sermón del cura. Uno sobre el mismo altar, el otro, cerca del atril que sujetaba una gruesa biblia a los pies de la reja que rodeaba la escalera de acceso.
—Buenos días, chicas
—Buenos días —contestaron al unísono ambas, Doina, con su marcado acento rumano.
—Qué madrugador —dijo Nina—. ¿Te has caído de la cama?
—Calla, calla. Que si no vengo a primera hora, vuelvo a dejar tirado a don Fernando —solo tres personalidades del pueblo recibían el trato de “don”: don Fernando, el cura; don Antonio, el maestro; y don Anselmo, el médico—. Hace una semana que me ha pedido que cuando tuviera hueco viniera. Pero estoy muy “liao”, así que, o lo hago ahora que he sacado un rato, o no sé yo. ¿Y vosotras qué? ¿A la faena?
—¡No! ¡Si te parece! ¡Hemos venido para verte! ¡No te fastidia! ¡Pues claro! Esta y yo llevamos desde ayer limpiando aquí. Así que no ensucies más. Vamos, Rumana, vamos a por los avíos del trabajo y a darle duro. ¿Y qué les pasa a esos chismes?
—Nada, que petardea el sonido. Deben ser los cables que están muy pasados ya. Se han acomodado a la postura y, con cualquier cambio o tirón, dan fallos. O lo mismo son de los altavoces, que también tienen más años que Matusalén. Así que nada. Voy a estar un buen rato por aquí. Así os hago compañía.
—Qué amable —dijo con sarcasmo Doina.
A cada lado del altar había una estancia espaciosa que ocupaba la sacristía, en su lado izquierdo, y el derecho se usaba como almacén para guardar las necesidades de la iglesia, del sacerdote, monaguillos y personal laboral que se terciara. Miscelánea de cajas con velas, paquetes de hostias sin consagrar, caja de herramientas, mopas, escobas, lejía, jabones, cables, armarios con ropa de trabajo, repuestos de candelabros, imágenes para restaurar, cuadros descartados, organillos, guitarras… En fin, un cajón de sastre donde podías encontrar o llevar para su custodia cualquier cosa que se pudiera necesitar a posteriori en los oficios o el edificio eclesiástico.
En uno de los armarios, la ropa adecuada para el trabajo de las limpiadoras. Y muy cerca de ellos, sus instrumentos a necesitar.
—¿Qué toca hoy? —preguntó Doina.
—Pues… Hoy vamos con los metales. Así que pilla trapos, gamuza gruesa y el “Aladino”, que vamos a limpiar los metales del retablo, los cálices del altar, candelabros y las borlas de la barandilla de la escalera. Después de eso, toca la madera. Tenemos que repasar todos los bancos y, si da tiempo, los dos confesonarios.
—¡Vaya! Tenemos mucha tarea hoy.
—¡Qué prisa tienes, mujer! Y no te quejes. Haber "estudiao"
—Siempre decís eso en este país, como si los que estudiaran tuvieran menos trabajo.
—¡Venga, menos rollos y a currar! Don Fernando no tardará en venir a olisquear. Agarra el trapo y “pa” fuera.
Cada cual a su tarea; el paso de la mañana les iba acompañando. Cables, micrófonos, altavoces y metales santos eran tratados con cuidado entre conversaciones superficiales, viejos chistes desgastados o comentarios sociales de índole local, a lo sumo, del pueblo más cercano. Cuando la faena entraba en su etapa mediana, apareció don Fernando. El sacerdote a cargo de la iglesia. Saludó a los presentes con exquisita educación y se dirigió a la estancia del almacén para hacerse con una bolsa de velitas. Le entusiasmaba esa tarea, la de sustituir las velas desgastadas de los donativos por nueva cera. Una a una. Unas cincuenta por atril. Cien en total.

En otras iglesias vecinas, ese menester se había modernizado, cambiando la vela tradicional por velitas con luz de led eléctrico. Hacían la misma función. El donante echaba sus céntimos de euro en la ranura de la cajita de donativos y el led simulaba el fuego que se encendía. Don Fernando celebraba tal curiosidad, le gustaba, pero no a tal punto de practicarlo en su parroquia. Se mantenía fiel a la vela tradicional. Lo consideraba más puro, más espiritual, más simbólico y cálido su fuego que el de una simulación electrónica, por muy auténtica que parecieran sus intenciones.
Comenzó a retirar, casi con mimo, las velas consumidas y las fue reemplazando por nuevas. Muy cerca de su oído agitó la caja de cerillas que reposaba al borde del atril. Encendió una y con ella una de las nuevas velas recién depositadas, echando, como corresponde, su donativo. Se santiguó y continuó su labor de sustitución.
La puerta de la nave lateral, la de la entrada, volvió a sonar anunciando nuevo visitante. Era Arsenio.
El coro de voces aumentó con la totalidad de los presentes para dar al unísono “los buenos días” en respuesta de los mismos por parte del teniente de la Guardia Civil. Mientras que limpiadoras y electricistas continuaban con su labor después del educado saludo, don Fernando aparcó su tarea para tomar su mano en apretón y atenderlo como le correspondía.
—Buenas, don Fernando. He ido a su casa parroquial y su ama me dijo que lo encontraría aquí.
—Y aquí estoy, como puede comprobar —sonreía amable—. ¿Qué se le ofrece, teniente? ¿En qué puedo ayudarlo?
—Pues verá… a ver cómo le explico, bueno, es una visita oficial, como habrá podido deducir… por lo que... en fin. Hay determinados aspectos que no voy a poder… Lo mejor será que vaya al grano. ¿Sí le parece?
—¡Sí, claro, hijo! Dígame lo que necesita y estaré encantado de ayudarlo. Soy su pastor y su siervo.
—Gracias, Padre. Es más la confidencialidad que los aspectos de la ayuda que voy a pedirle… una cuestión de contexto. No tiene importancia, veamos, digamos que… trabajando en un caso reciente, me he topado con un testimonio del cual no puedo descifrar o identificar el idioma. Lo tengo aquí recogido en un audio en el móvil. Creo que es latín… de ahí que…
—De ahí que hayas acudido a un sacerdote. Bien visto, hijo.
—Eso es. Padre. Si tuviera a bien escucharlo y traducirlo para mí, sería de mucha ayuda.
—¡Nada, hijo! Lo que necesites, a ver ese audio. ¡O más bien, a escuchar ese audio! —expresó con mueca de sonrisa amable. Era uno de los pocos chistes blancos que se podía permitir, dada su profesión.
Arsenio localizó el archivo de audio y subió al máximo el volumen de su teléfono. Descansó su dedo sobre el icono del “play” y la voz de Claudia resonó por toda la iglesia.
“Pentru venire… Stăpânul Întunericului… Aleasa… Pântecul tău… Pentru venire… Va renaște… Aleasa… Aleasa… Aleasa… "
Párroco y teniente se miraban mientras inclinaban sus oídos en dirección al móvil, como si ese gesto sirviera para una mejor comprensión. Lo ponía una y otra vez. Cuando terminaba, volvía a empezar. El sacerdote comenzó a realizar una negativa con su dedo índice y gestos de “no” con su cabeza.
—No… lo siento, hijo, pero me temo que eso no es latín. No logro entender ni una sola de sus palabras.
Doina había dejado de trabajar para atender en la segunda pasada del audio. Se acercó a Arsenio y a don Fernando y les dijo:
—Disculpen, señores. No he podido evitar escucharlo. No es latín. Es rumano. Si me lo permiten, podría ayudar. La joven del audio usa un acento difícil de entender; yo hace mucho que no escuchado… pero es mi idioma. Rumano. Seguro.
La cara de Arsenio expresaba un asombro como si lo hubiera estado ensayando por semanas.
—¿Sabes lo que dice? ¿Puedes traducirlo? ¿Perdona, te llamas?
—Doina. Me llamo Doina, señor agente. Y si… creo que dice algo así como… ¿Puede ponerlo de nuevo?
—Por supuesto.
—Son palabras sueltas, no parece tener sentido… habla de un ¿cáliz? ¿O recipiente? Tinieblas… “La Elegida” dice que es “La Elegida", señor.
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