D. Capítulo 4. La dama de invierno.

"D"

"La dama de invierno"


Capítulos anteriores:

D. Capítulo 1. D.

D. Capítulo 2. A los pies de su tumba fría. 

D. Capítulo 3. Las fauces del sepulcro


-La dama de invierno-


    Bajaba por la calle antes que el amanecer lo atrapara. En el pueblo, solo había una persona que madrugara más que él: El panadero. Por suerte, el segundo era el dueño del único bar abierto para los que desafiaban al sueño. Allí se dirigía para desayunar antes de dar comienzo su jornada laboral.

—Buenos días, Daniel.

—Buenos días, Juan. Lo de siempre, ¿no?

—Sí. Café con leche muy cargado con tostadas de aceite y tomate. Vamos, lo de siempre.

    Un ritual no hablado ni pactado, lenguaje no verbal, consistía en ponerse en cierto lugar del establecimiento. Si se quedaba en la barra, significaba que quería cháchara. Si ocupaba una de las mesas fuera de las trincheras de Daniel, era porque quería o necesitaba tener un desayuno algo más tranquilo, pausado y callado. Hoy escogió lo segundo.

    El televisor contaba en voz baja las noticias del día en su canal de veinticuatro horas ininterrumpidas. Se preguntaba si había tantas noticias como para cubrir la totalidad del tiempo. En aquel pueblo, en cambio, lo más emocionante que podía pasar era enterarse de las infidelidades de Menganito o las borracheras de Fulanito. Órdenes del día expuestas a pie de barra, donde la discreción brillaba por su ausencia.


    El murmullo del locutor era una leve banda sonora que acompañaba a las noticias que sí le interesaban, las que buscaba en su teléfono móvil, mientras esperaba la recepción del desayuno.

—¿Cómo quieres la leche?

—Como el infierno. Hace un frío del carajo.

—Ahora te traigo tus tostadas, ¿vale?

—Sin problema, Dani.

    Poco a poco iban llegando más parroquianos al establecimiento. Algunos en la misma situación que Juan, desayuno antes del trabajo; otros a por su ración de alcohol temprana. Anestesia para sobrellevar el peso del paro de larga duración. Hay gente que no se soporta ni a sí mismo y necesita emborracharse para enfilar la vida.

—Aquí están. Buen provecho. ¿Mucho trabajo hoy?

—¡Espero que no! ¡Toquemos madera para que no haya ningún muerto! Estoy muy cansado, mi intención es barrer las hojas caídas y, eso sí, limpiar algunas de las tumbas por las que me han pagado. Ya sabes, se acerca el día de los difuntos y la gente quiere tener a sus muertos listos para revista.

—¡Serán las tumbas!

—Sí, claro, tú me entiendes —dijo refunfuñando mientras empapaba el pan con el aceite.

    Terminó de construir su desayuno. Sobre el oro líquido acostó una cantidad generosa de tomate rallado. Una pizca de sal cerraba el montaje. Sencillo y exquisito. Un primer bocado como si llevara meses sin comer. Sorbo profundo de café para ayudar al trago.

    Dio cuenta al completo de comida y bebida. Se acercó a la barra para solicitar y abonar su cuenta. Quería marcharse pronto al trabajo, antes que las conversaciones de los nuevos se lo impidieran. La vida en los pueblos es tranquila y aburrida. Cualquier excusa es buena para hablar de lo que sea. Hoy las ganas de parlamentar no estaban del lado de Juan.

—Tus dos con cincuenta, Dani. Ahí te los dejo. ¡¡Buen día y hasta luego!!

—¿Te guardo rancho para la comida?

—Sí, por si acaso guárdamelo. Si no llego, me lo llevo para cenar. ¿Qué tienes hoy?

—No sé lo que tendrá pensado hacer la "Asun". Olla seguro. Lentejas, cocido o judías. Ya sabes, para variar. Sorpresa.

—Estupendo. Pues que me guarde, sí.

    Abandonó el bar y encaminó su paso al cementerio. Su lugar de trabajo. Juan era el guardés y cuidador. Cuando la muerte llamaba a algún vecino, se encargaba de darles sepultura a cambio de una obligatoria propina. No le gustaba que lo llamaran sepulturero. Aunque también era su oficio.  

    Cerca de la entrada tenía su pequeña, aunque acogedora, caseta. En ella guardaba sus herramientas de trabajo. Disponía de las comodidades esenciales de una casa, aunque en miniatura. Cama, mesa, silla, cocina, refrigerador, estufa y radio.

    Cambió su zurrón de almuerzo por la pala y la escoba. El carrito con los cubos y bolsas de basura esperaba fuera, como un perro guardián de hierro y rueda. Tras muchas barridas, el mejor método que consideraba, si el viento lo permitía, era hacer pequeños montones de hojas y ramas a los lados de las calles que formaban las tumbas para luego pasar de una con el carro, llevándose al paso todo de allí.

    Empezó a hacer los montoncitos. Subía por la avenida más principal juntando hojas, ramas secas y los gálbulos de los cipreses.



    Al principio se asustó. Creyó que un muerto había escapado de su tumba. Después de una pausa, avanzaba con tiento, cabizbajo e intentando no hacer mucho ruido con sus pisadas. Llegó hasta sus pies y se paró a observarla. Estaba tendida. Inconsciente y fría. Muy fría. Pero no estaba muerta. Su frialdad se debía a las inclemencias del tiempo, a la intemperie de la noche. Puso su mano en el hombro de la muchacha para mover y provocar alguna reacción que la trajera de vuelta, en vano. Se quitó su recio chaquetón y arropó a la joven para impedir que se la llevaran al lugar que con su trabajo cuidaba y custodiaba. Regresó corriendo a su caseta, a buscar el teléfono móvil de su zurrón y llamar presto a la guardia civil. 



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Comentarios

  1. Qué relato tan evocador y con un cierre tan impactante nos traes con esta mañana en el pueblo manchego. La rutina de Juan —el madrugador que solo es superado por el panadero, el ritual silencioso en el bar de Daniel, el desayuno sencillo pero exquisito de café cargado y tostadas con aceite y tomate— está contada con una naturalidad y calidez que hace que uno se sienta sentado en esa mesa apartada, huyendo de la cháchara y disfrutando del murmullo bajo de la televisión. Los detalles cotidianos (la “cuesta de enero” que aún resuena, los parroquianos que anestesian el paro con alcohol tempranero, la olla sorpresa de Asun) pintan un retrato costumbrista lleno de vida y melancolía. Juan, guardés del cementerio (nunca sepulturero, como él prefiere), aparece como un hombre sencillo, cansado pero digno, que toca madera para que no haya muertos nuevos y se conforma con barrer hojas y limpiar tumbas pagadas de cara al Día de los Difuntos. Su caseta miniatura, el carrito como perro guardián, los montoncitos de hojas y las pequeñas piñas o bolas de ciprés… todo contribuye a una atmósfera tranquila y casi poética. Y entonces llega el giro: entre las hojas, una figura tendida. Al principio cree que es un muerto escapado; luego comprende que es una joven viva, pero inconsciente y helada por la noche al raso. El gesto instintivo de cubrirla con su chaquetón y correr a por ayuda revela su bondad profunda. El contraste entre la paz rutinaria del cementerio y este descubrimiento inesperado genera una tensión súbita y poderosa. ¿Quién es la muchacha? ¿Cómo acabó allí? La conexión implícita con la aventura nocturna de Claudia que venimos siguiendo hace que el lector una las piezas con un escalofrío de reconocimiento. Un capítulo que pasa de lo cotidiano a lo inquietante con maestría, manteniendo el tono manchego, seco y humano. Ahora la curiosidad es doble: qué le ocurrió a Claudia y cómo reaccionará Juan ante este hallazgo que irrumpe en su tranquila mañana.
    Felicidades, SrLobo.

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