Retazos de una ciudad. Metro de Newpolis

Retazos de una ciudad.







-Metro de Newpolis-



    Llegó a la entrada del metro. Anduvo por los intrincados laberintos de la ciudad subterránea que conformaba la gran estación del centro de la ciudad. Edgar se abría camino. Aún quedaba un pequeño paseo hasta llegar al andén. A su paso, decenas de locales variopintos añadían, con sus luces de neón azules y moradas, un toque especial a la luminosidad de la blanca luz de base que tenía la infraestructura de la estación. Cada local vociferaba su oferta, haciendo que la banda sonora del paseo se antojara algo escandalosa y desafinada.

    El tren, con su forma de bala, hizo acto de presencia en la estación, haciendo su invisible incisión en la burbuja de aire del túnel, celebrándolo con cánticos de silbato.

    Las dobles puertas de cristal dejaron paso al intercambio del torrente humano: los unos, a una ansiada salida del foso artificial, tomando posiciones en las diferentes transcintas con dispares destinos, los otros, a las entrañas de la bestia mecánica.

    Edgar entró, una vez finalizada la estampida, agarrándose a uno de los barrotes centrales del vagón, cerca de una video pantalla para hacer más ameno el trayecto, meros anuncios de interminable publicidad aliñados con noticias de teletipo de corte sensacionalista.




    Los habitantes de la pequeña sala móvil eran peregrinos silenciosos, con miles de historias latentes por cada una de sus cabezas, con comportamientos mecánicos mil veces ensayados en los sucesivos viajes rutinarios. Por sus gestos, podrías anticiparte a cualquier movimiento. Delataban su origen y destino con pequeños movimientos involuntarios que lo hacían de forma irremediable. Algunos reparaba en ellos, comenzando a reprimir esos instintos condicionados por el tren.

    Edgar dio un vistazo panorámico, observando detenidamente la fauna a la que pertenecía. La mayoría leía en sus TPP's, otros alborotaban el silencio con sus conversaciones subidas de tono para hacerse notar, aunque más que por las razones de su discurso, que resultaba a oídos de buen entendido trivial, era por su creciente escándalo ruidoso.

    Dependiendo de según qué estación, la demografía allí dentro se multiplicaba como un mal virus, abusando del aforo de los estrechos metros cuadrados a punto de sufrir trombosis por exceso de población. El oxígeno pedía permiso para entrar y sobrevolar los pocos huecos que quedaban entre las espaldas de unos y los pechos de otros.

    En otras paradas, el vagón quedaba desahogado, aunque algunos cretinos seguían sufriendo de complejo de estrechez, permaneciendo delante de uno, haciendo guardia prácticamente en su frente, sin percatarse, o sí, que tienen el suficiente espacio para ocuparlo, evitando tener que oler su pulcra colleja, en el mejor de los casos, a sus azarosas víctimas.




    A los droides, naturalmente, no se les concedía el privilegio de sentarse en los incómodos bancos de plástico del tren, aun cuando no había nadie, hecho que nunca se producía, ni falta que los hacía, porque sus piernas de metal los procuraban buen sustento.

    Sus viajes eran productivos, se quedaban absortos, bien en su peculiar forma de lectura, conectando su dedo índice a los TPP's, bien descargando datos o actualizando desde cualquier panel del vagón del metro, si es que este disponía de ellos. Con esas estaban agradecidos y se sentían un poco más integrados en el engranaje social. Aun así, estaban vetados en el "F.S." no importándoles mucho, puesto que también lo estaba a muchos humanos, esta vez, debido a un tema monetario.

    Una voz enlatada avisó de la proximidad de su estación. No le hizo falta ver en las pantallas de las columnas qué transcinta debía coger, puesto que ese circuito, lo hacía más veces de lo que deseara su agotada salud.

    Tomó la tercera de ellas. Lo llevó por el intrincado laberinto que configuraban los pasillos que desembocaban en el exterior. La cinta iba a buen ritmo. Mientras estaba sobre ella, sus manos descansaban en los bolsillos. Permanecía con sus oscurecidas gafas puestas, por pereza a realizar esos pequeños actos continuos y repetitivos de quitar y poner, con el consabido y pobre argumento de —¿Para qué voy a quitármelas si más tarde tendré que ponérmelas?—.

    Salió al exterior, allí donde los edificios merman de altura y cambian su lustroso acero y vidrio por ladrillo y cemento. El barrio obrero. Donde la verdad toma el relevo a la hipocresía. El dormitorio del corazón de la ciudad. Donde el verdadero poder está anestesiado. La gente luce menos telas caras, pero dan mejor conversación. Los bares y restaurantes dan comida más abundante, en un ambiente más bohemio, adornado con muda compañía y decorado con finas capas del grasiento resto del manufacturado alimento semisintético.

    Anduvo unos cinco minutos hasta dar con su tienda habitual cercana al apartamento donde vivía.
Debajo de la escritura oriental se leía en nuestro idioma —"Wong. Alimentación"—.

-Fin-





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