Motel 95 C_p_t__ 3.5

Motel 95





C#p***lo 3.5 


    Durante unos instantes, el animal se quedó observándola; ella le devolvía la mirada con sentimientos entremezclados de miedo y admiración ante la imponente figura de la colosal criatura. Sus profundas respiraciones parecían abarcar todo el aire del bosque. Agachó su pesada cabeza para comenzar a beber del agua de la charca. Por sus gigantescas dimensiones, le creía capaz de dejarlo seco con el duodécimo trago. Una vez saciada su sed, con calmados movimientos alzó su cornamenta, dio media vuelta para adentrarse de nuevo en la espesura del bosque, con paso lento y certero.

    Marta se puso en pie. Pensó que si aquel animal había llegado de alguna manera hasta allí para beber agua, vendría desde otro punto y lugar. Podría ser su guía hacia la salida de aquel bucle en el que parecía haber caído. Echo a andar tras él para ver si podía alcanzarlo y seguirlo sin que su presencia pudiera importunar a semejante bicho; no le gustaría verlo enfadado o hacerlo sentir amenazado. Se adentró por el mismo sitio que lo hizo el alce con la esperanza de seguir su rastro. Para su sorpresa, no quedaba nada de él, salvo que había tomado su mismo camino. Nada. Desaparecido, como si de pronto se hubiera congelado el tiempo para ella y el alce se hubiera alejado cientos de kilómetros.

    El hecho no le hizo cambiar de opinión o camino a seguir. Continuo por aquella entrada que le había indicado el animal. Empezaba a pensar que daba igual. Se dejaría llevar por aquel extraño sitio a ver dónde le llevaba el azar.

    De nuevo llegaron las sensaciones del imperceptible paso del tiempo. No transcurría. Solo su andar era continuo junto con su cansancio; también lo hacía el interminable bosque que dejaba atrás y el que en forma infinita se dibujaba delante sin atisbos de nada. Allá donde mirara, solo había maldito y repetido bosque. Correr hacía que el infinito se estirara. Al borde de la desesperación, esperanza. Otra vez se aclaraba la espesura algo más allá. Un destino que no sabía si celebrarlo o preparar su entereza para enfrentarla a una nueva prueba de resistencia a su cordura.

    Era un claro en el bosque, pero era otro. No había charca. Solo hojas mezcladas con ramas y barro. En el centro, una lápida y a sus pies una mujer de rodillas. Con un vestido largo, uno que alguna vez fue blanco, pero que ahora sufría las inclemencias del lugar, del entorno. Tenía sus manos en posición de rezo. Lloraba desconsolada. Su pelo rubio estaba recogido en una larga y esbelta trenza, recia, como la soga de un barco. Marta llegó hasta ella, se mantuvo a su espalda. La desconsolada mujer no se había percatado de su presencia o, si lo había hecho, el dolor ante la muerte de su ser querido dejaba en segundo plano cualquier intento de complacer formalidades. Alcanzó a ver el epitafio de la tumba por encima de su hombro. Decía:


"Juan Alfonso Rodríguez Plaza.
Fallecido el 28 de octubre de 1995 a los 31 años"


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