Motel 95
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Maldijo su torpeza; su descuido le había hecho andar de forma inconsciente, errada. Anduvo con paso inclinado; eso le había hecho girar hasta el punto de retroceder, llevándola de nuevo al punto de partida.
No quedaba otra que volver a dejarse engullir por la frondosidad del bosque. Tomando como referencia sus propias huellas, que delataban el camino anteriormente cogido, tomó la senda del lado contrario. También tuvo la precaución de mantener el sol sobre la vertical. De ese modo no se desviaría como antes había ocurrido. Puede que tuviera que sortear alguna roca u obstáculo, pero volvería a la senda inmediatamente, apuntando con su cabeza hacia la estrella para mantener el rumbo fijo.
Siguió caminando un buen tramo de tiempo hasta cuestionarse; con lo que había andado ahora y con lo que había andado en su anterior paseo, le seguía extrañando que el sol permaneciera en el mismo sitio, como si no pasara el tiempo. Sobre todo, ahora que prestaba más atención a este hecho. Ni anochecía ni terminaba de amanecer. Todo parecía una eterna tarde.
La espesa vegetación de nuevo se abría a escasos pasos de ella, un poco más adelante. Su corazón se desbordaba; no sabía si por esperanza o por miedo a que se repitiera la desafortunada hazaña de su primer intento.
La desesperación produjo lágrimas que se entremezclaban con el barro de su cara; al aumentar, arrastraban en gran medida la suciedad que le había ocupado la naturaleza, desvelando su rostro algo más despejado, pero más preocupado. Hubiera preferido lo contrario, un rostro completamente embarrado, pero con algún atisbo de esperanza de escapar de aquel maldito lugar.
Estaba de nuevo en el claro. Las huellas de sus pasos marcaban esta vez los dos caminos elegidos. Allí estaban. Como testimonio de aquella locura. Uno frente al otro.
Clavó las rodillas en el barro. Una muestra de rendición ante lo ilógico del lugar y su inexplicable situación. Necesitaba realizar aquel acto para reiniciar la esperanza; debía quedar un rescoldo de ella, pues según dicen, es casi imperdible. Un profundo suspiro para llenar sus pulmones antes de dejar escapar todo el aire.
Más tranquila, con el aire renovado que pareció aclarar hasta sus ideas, observó a su alrededor. No era igual que al principio. Un sonido había roto la repetida sucesión de acontecimientos.
Se acercaba. Escuchaba sus pisadas cada vez más cerca. La descomunal cornamenta asomó de entre la espesura de los árboles; era una avanzadilla de la gigantesca cabeza que lo siguió. Avanzaba hacia la charca; el imponente cuerpo parecía no terminar de irrumpir en el claro, pero lo hizo. Era un colosal alce.
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