Motel 95
Capítulo 2
-The hum-
Acababa de despertar, aunque eran pasadas las seis de la tarde.
El turno de noche tenía sus ventajas e inconvenientes. Marta siempre quiso creer que pesaban más las primeras en la balanza, aunque solo fuera para reforzar de forma inconsciente la decisión de su temprana elección cuando firmó el contrato. Necesitaba sentir que no se había equivocado, aunque fuera solo como placebo al pensarlo. Claro que siempre podía intentar cambiarlo o renunciar al empleo; a fin de cuentas, era temporal, una forma de obtener ingresos para pagar las facturas hasta terminar su licenciatura.
El horario nocturno era más tranquilo de huéspedes y compañeros de trabajo. Le permitía, a las pocas horas de entrar, una vez intercambiado partes e incidencias del día con sus compañeros del turno vespertino, tener calma y quietud para emplear en sus estudios o trabajos de la universidad; era la mejor de las ventajas, hasta la llegada de los del turno de mañana. Con ellos repetiría labor de cambio de información de lo acontecido a lo largo de la noche y de vuelta a empezar. Día tras día, gastando valiosa tinta de tiempo firmando un nuevo renglón en el libro de la rutina. Un bucle infinito de trabajo, turnos y rotaciones, de días de libranza, que no tenían por qué coincidir necesariamente con el fin de semana.
Aun siendo un trabajo tranquilo que le permitiera aprovecharlo para desarrollar su carrera, cada día, al despertar, repetía en pensamiento el placebo de su elección para continuar con la jornada. Notaba cada vez más que se esforzaba en conformarse con aquel horario, alejándolo de la forma natural de tomárselo. A nadie le agradaba trabajar, pero notaba más pesada esa carga sobre sus hombros. Algo no estaba funcionando, algo no iba bien. Ese esfuerzo o sensación se había acrecentado en las dos últimas semanas debido a los hechos que había y estaba presenciando en el motel.
El sonido de la puerta del apartamento delataba la llegada de Enrique, su actual pareja. Llegaba del trabajo anunciándolo, como siempre, haciendo con las llaves canasta sobre el pequeño cuenco de madera, escapándose su reconocible sonido hasta oídos de Marta. Siempre lo acompañaba con un «Cariño, ya estoy en casa»; era un ritual repetido, coautor también de la rutina. A Enrique le gustaba mucho practicarla. Decía que no había que subestimar sus fronteras, pues eran extensas. Llevaba desde hacía unos meses negociando en su trabajo para que le cambiaran el turno y así poder coincidir con Marta. Al menos, si no era permanente, que fueran quince de los días del mes.
—¡Cariño, ya estoy en casa! ¿Dónde estás?
—¡Aquí en el baño! Terminándome de duchar. ¿Te importa preparar café?
—¡Marchando! Déjame un segundo que suelte esto y enseguida pongo a calentar la máquina. Tomaré uno contigo también o —se lo pensó mejor—, ¡mejor una cerveza! Me lo estoy pensando… ¡Qué locura de horarios! ¿Verdad? Nos rompe la vida. A ver si estos me dan el cambio de turno permanente de una maldita vez.
Estaba a punto de cerrar la quincena del turno de mañana, por lo que pronto iba a dejar de estar ausente de él. Eso la animaba; coincidiría con él dejando de sentirse tan sola, sobre todo en las últimas semanas, cuando le comentó muy por encima las sensaciones que había experimentado en el motel, los acontecimientos que solo ella parecía percibir, una breve presentación, lo suficiente como para iniciar la introducción a lo que empezaba a considerar un problema. Llevaba varios días escuchando cosas raras en el trabajo. La noche, aunque tranquila, traía consigo algo con lo que no se sentía a gusto. Su estómago comenzaba a resentirse, como si un nudo lo apretara.
La primera piedra de la solución es verbalizar los sentimientos, aquello que a una le pasa o atormenta, sacarlo fuera, a examen, a dictamen social; siempre era mejor con alguien de confianza; son los que de verdad van a interesarse en prestar atención y ofrecer sincera ayuda. Aquellos ajenos al apego suelen usar los sentimientos a futuro en horas bajas de las personas, para arrojarlos en el momento justo y preciso para hacer daño.
—¿Cómo va? ¿Cómo lo llevas?
—Negociando, poco a poco. Mi jefa me ha dicho que lo hablaremos la semana que viene. Hay buenas perspectivas, quiero pensar en positivo; de hecho, me suelen conceder quincenas, como la que está a la vuelta de la esquina, pero quiero algo más estable. Ahora, vamos a lo importante: ¿Qué tal sigues, mi amor, has dormido bien? ¿Han remitido tus pesadillas?
Marta abandonaba el baño envuelta en un par de toallas. Una para su cuerpo, otra enrollada en su cabeza para secar su cabello. Fue a parar a los brazos de Enrique, que no zafó el cariñoso envite, rodeándola con sus brazos con un sentido abrazo.
—Me preocupan más las vigilias que los sueños. Al menos estos sé que no son reales cuando despierto; sé que mi cerebro los inventa, son los vigilantes de mi descanso… Lo del motel es distinto. Es como una mala pesadilla, si es que las hay buenas, una que escapa a mi control y de la que no puedo despertar… Nadie puede traerme de vuelta… He llegado a pensar que es ese maldito motel; es como si fuera el artífice, el dueño de todo lo que sucede…
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