Motel 95
"Señales de neón"
Capítulo 1
-Señales de neón-
Giró a la derecha el dial de la radio de su coche. De vuelta del trabajo, le gustaba escuchar las noticias, estar al tanto, por si tenía que comentar al respecto en la vieja taberna, con los sospechosos habituales, como solía llamar a sus vecinos, fieles devotos del codo en la barra, aquellos que no faltaban ni una sola tarde para cerrar el día entre discusiones y jarras de cerveza.
Cada fin de jornada, el mismo camino de vuelta, sin demasiadas concesiones, como una especie de ritual de pegajosa rutina al que se le debía una inconsciente pleitesía. Abandono con gusto de la ciudad, un breve tramo de autovía y, a pocos kilómetros, la salida hacia la carretera que conducía a su hogar. En ese instante de relajado tráfico era cuando realizaba, en su radio, el cambio de música por noticias.
La carretera serpenteaba en ligero ascenso; pasaba casi inadvertido para el motor de su furgoneta, aún. Los primeros tramos comenzaban a asomar las intenciones de acabar con lo mondo del paisaje. Tímidamente se dejaba ver la pequeña roca con su vegetación mediana, muestra de lo que vendría a continuación. Subido el primer desnivel, se divisaba, a lo largo de la carretera, el gran horizonte donde el sol representaba la escena final de su atardecer; destino final de Juan, al menos hasta la mañana siguiente. Avanzaba por la interminable línea de asfalto flanqueada, a ambos lados, por frondosas filas de pinos y abetos que se extendían hasta el interior de la montaña para desembocar en el viejo pueblo en su recta final.
Era la parte que más disfrutaba Juan. Lo tomaba como el preludio, como el ensayo de su descanso laboral. El trabajo marcaba los tiempos y aquel momento era donde acababa la responsabilidad y comenzaba el ocio. Su porción de relajada calma, hasta llegar el corto fin de semana.
Comentaba su opinión en voz alta. Con enérgicos argumentos. Esperando que le sirvieran como apuntes para mantener la batalla dialéctica con los del bar. Pensando múltiples réplicas que pudieran darle como contrapartida a su argumento, y así estar preparado para dar la suya. Una especie de juego de ajedrez donde las piezas se cambiaban por opiniones. Debían darse prisa en intentar arreglar el mundo, porque con cada tema tratado en el punto del día, era acompañado por generosa jarra de cerveza que entumecía el raciocinio.
Cuando el alcohol se apodera de la razón, la secuestra. No sería la primera vez que en aquellas acaloradas discusiones se llegara a las manos. Nada serio. Tampoco eran frecuentes. Distracciones, al fin y al cabo, por otros medios. Sin duda que resultaban en una fábrica de nuevas conversaciones al día siguiente, donde no solo participaban los usuarios de la taberna; mujeres y niños se encargaban de repartir el chisme oportuno. Formaba parte del buen estado de la comunidad del pueblo.
La furgoneta seguía cortando el paisaje. Quedaba poco para llegar al viejo puente de madera. Era particular, pues tenía elaborada techumbre y daba paso a las lindes del pueblo. Cuando faltaban escasos kilómetros para llegar a él, Juan lo vio; juraría no haberlo visto ni estado en sus frecuentes pasos por aquella carretera. Ni al ir, ni al volver. El anuncio de un motel de carretera. Era como aquellos anuncios que salían en las películas americanas. Un gran poste alto, en su cúspide, un rectangular anuncio con el nombre del establecimiento y una flecha de neón que apuntaba al aparcamiento.
¿Cómo no se había percatado de aquello antes? No daba crédito a la situación.
Era inconcebible que hubiera estado ahí y no se hubiera dado cuenta. Hacía varios años que realizaba esa ruta. Demasiada frecuencia de paso como para no haberlo visto. ¿De reciente construcción? Pues entonces había sido en tiempo récord, sin duda, reflexionó con ironía. ¿En menos de 24 horas se había hecho efectiva la obra en su totalidad? Imposible a todas luces, incluida la de neón, por continuar en estado irónico.
Se quedó algo más tranquilo con su última deducción, la más lógica, la que encajaba con cualquier ataque de pensada discrepancia. Como decía Holmes: «Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad». Era su verdad y debía ser la correcta. Dedujo que las obras se habían producido a lo largo de las semanas pasadas. El motel se encontraba algo alejado del cartel publicitario. Era probable que no se hubiera dado cuenta de que lo estaban construyendo y ahora se le revelara con aquel anuncio; dicho anuncio, sí era posible que lo hubieran colocado a lo largo de la mañana, cuando él se encontraba trabajando en la ciudad. No estaba cuando se iba; ahora sí a su vuelta, viéndolo ahora al paso. Eso sí le encajaba.
Entre observaciones, pensamientos, deducciones y asfalto, llegó sin querer al puente de madera que burlaba al río. Debido a la particularidad de su configuración y a su emplazamiento entre aguas, montaña y árboles, la niebla en su interior era perenne, espesa y abundante. La camioneta se introdujo en su interior, desplazando la parte que estorbara hacia los laterales y el techo, haciendo cabriolas y remolinos. Los sentidos alerta, a punto, por si se cruzaba alguien que viniera de frente o, peor aún, algún animal desorientado. La escasa visibilidad hacía que su pulso se acelerara cada vez que lo cruzaba. La distensión llegó cuando terminó de rebasarlo. La niebla se quedaba atrás, en el puente, esperando peaje para la mañana siguiente. Frente a él, solo la claridad, al menos la poca que dejaba a duras penas el débil sol del atardecer. Solo un poco más allá, no muy lejos de lo que alcanzaba ver, las primeras casas del pueblo que siempre imaginaba dar su bienvenida.
La mayoría de las gentes del pueblo vivían de la madera. Dedicaban su tiempo y energías a la industria maderera; abarcaban bastantes eslabones de la cadena. Los trabajos más duros caían siempre hacia el mismo lado, todo para ellos, para la clase trabajadora.
El filo de la gélida madrugada anunciaba el inicio de monótonas jornadas. Motosierras, hachas y serruchos listos para luchar contra el tronco. Maquinaria pesada para transportar la preciada carga que depositaban en los remolques de los camiones, en un continuo flujo, una ruda coreografía de madera y metal, solo interrumpida por el enérgico silbato que anunciaba que, por hoy, bastaba. Los trabajos más livianos, los que no requerían desgaste físico, aunque algo más mental, eran de reserva para los más privilegiados, para los hijos y conocidos de los dueños de la empresa que operaba en la zona. Se encargaban de facturas, albaranes, pedidos, proveedores, ventas, nóminas, bancos y pagos. Todo lo que tuviera que ver con la contabilidad, la publicidad y los recursos humanos.
Estos no vivían en el pueblo; así evitaban conflictos sociales, aunque tampoco era de su agrado estar tan cerca de la ciudad y tan alejados de las fauces de la montaña, de la materia prima que los daba de comer y los proporcionaba hogar, a todos, con las diferencias en tamaño y calidad que proporcionaban los desproporcionados sueldos entre unos y los otros.
Luego había gente como Juan. Muy pocos, un puñado de ellos que podía contarse con los dedos de una mano, alejados del trabajo heredado de padres a hijos, libres de las cadenas de la madera, eran los «raros», como les llamaban el resto de vecinos que estaban a merced de la empresa. Se habían liberado de la influencia del trabajo al que, por el mero hecho de nacer allí, se les otorgaba como obligado cumplimiento. Los raros como Juan vivían en el pueblo, pero sus trabajos estaban en la ciudad, al otro lado del puente.
La carretera cortaba «Pinar de la Sierra» por la mitad, dejando en equilibrada igualdad las casas tanto del este como del oeste. Si conducías despistado, no tardabas en sobrepasarlo. Siguiendo por la carretera, se llegaba a los cruces de caminos, inicio de lo que se consideraba la zona de trabajo y donde el asfalto moría.
Juan llegó a las cercanías de su casa. Una casa sencilla, construida en madera, naturalmente, como la del resto de sus habitantes, con escalerita de entrada que elevaba toda la construcción, para evitar, o al menos paliar, la humedad en tiempos de invierno. Cerca de la puerta, una mesita de madera con dos sillas que configuraban un apetecible porche que utilizaba como segundo plan, por si la taberna del pueblo se cansaba de atenderlos. En su interior, lo más básico y normal que requería una casa de montaña para sus estándares: amplio salón, salita de estar, cocina, baño y tres dormitorios, sin olvidar un minúsculo chiscón para dejar los utensilios de limpieza.
Pegado a la casa, un amplio garaje, aunque siempre aparcaba su camioneta fuera de él, como hacía también el resto. Era común en Pinar de la Sierra proveer a cada hogar con su correspondiente lugar donde los vehículos pudieran dormir, para acabar dejándolos cerca de la entrada de la casa, aunque no permanecían mucho tiempo vacíos, dotando a la estancia características de trastero más que de simple garaje. Juan lo usaba así; siempre pensó que era algo injusto que los coches tuvieran más espacio en la casa que en su propio dormitorio.
No entró. Nadie lo esperaba. Hacía más de cinco años que su compañera, su pareja, lo abandonó. Desapareció de su vida. Sin dejar rastro ni palabra. La buscó, preguntó, desesperó y aceptó su marcha. Algunos decían que la habían visto alguna noche deambular por el pueblo. La veían llegar desde la zona de trabajo, se paraba frente a la casa, a observar en silencio; pasados unos segundos, corría hacia el puente de niebla, como si algo la persiguiera, desapareciendo en sus entrañas. Juan al principio escuchaba y aceptaba esas historias para alimentar su esperanza; luego rogaba que cesaran en contarlas, pues su corazón se llenaba de entusiasmo al imaginar su regreso, un regreso que se alejaba cada vez más, atormentando sus anhelos por volver a estar con ella.
Aparcó, echó un vistazo desde la puerta de la camioneta a la entrada de la casa, para comprobar, o al menos tener esa sensación, que todo estuviera en orden. Visto que todo bien, dio media vuelta para dirigirse directamente a la taberna. No compartiría trabajo con ellos, pero andaba parejo en horarios laborales; encontraría de seguro compañía en el lugar.
Casi anochecía cuando tiró del asa de madera para entrar. La música permanecía en calma, como debía estar en medio de la semana, que no se notara que estaba, pero que su ausencia sí lo hiciera. Se escuchaban, por encima de ella, los murmullos de las conversaciones de las mesas. Había que sortearlas para llegar a pie de barra. Allí estaban los auténticos veteranos del alcohol. Los que les molestaba el tiempo entre una demanda de cerveza y el tiempo gastado en servirla y llevarla a una mesa. En progresivas ingestas, eso daba para un par de jarras más. Ni hablar de perder ni una sola de ellas. En la barra se conseguía el número necesario antes del cierre.
En esas se encontraban Jacinto y José Luis, rudos cincuentones, curtidos leñadores que discutían con voz alzada cualquier tema banal que adornara con pasión la estimulante cerveza. Con sus mangas de camisa a cuadros secaban el sobrante de espuma de sus espesas barbas. El cristal se les amontonaba cerca del codo que apoyaban, mientras vaciaban la siguiente como si acabaran de regresar salvos de un eterno desierto.
—¡Hombre! ¡El chico de la ciudad! Acércate, muchacho, has llegado justo en el momento exacto de renovar ronda. —dijo Jacinto con lengua adormecida.
Llegara cuando llegara Juan, siempre era en tiempos de recargar bebidas.
—¿Qué tal por la ciudad?
—Pues como siempre. Qué te voy a contar… lo mismo que ayer y lo mismo que mañana. Rutina.
—No subestimes el poder ni las fronteras de la rutina, amigo. ¡Lucía! ¡Vienen o no vienen esas cervezas! ¡Pon una más, que ha venido el chico!
—Sí, no vaya a ser que te mueras si le prestas una. —respondió con ironía la camarera y dueña, junto con su marido, del establecimiento.
Jacinto reía acorde con el conjunto de su cuerpo, de forma enérgica, potente, recia. Mientras llegaban los abastos, continuaba el ritmo de conversación, adaptándose al tercer invitado. Anécdotas del día, o de días pasados. Comentarios acerca de la vida del pueblo, secretos de unos y chismes de otros. Coleccionando historias para intercambiarlas entre diferentes grupos de personas cuando se encontraran en diferentes sitios del pueblo, aunque la taberna, después de la iglesia, era el mejor punto de encuentro.
—Por cierto, os quería comentar —dijo Juan—, hace un rato, al venir de la ciudad, me encontré con un motel que juraría no haber estado allí nunca, salvo que lo hubieran construido sin darnos cuenta y ahora se anunciara tras su inauguración, que tampoco nos han comentado. No sé. Me resulta raro que no hayan avisado a los pueblos colindantes de su construcción.
—¿Un motel? ¿Dónde?
—Pues ya te digo, casi a la salida del pueblo. Cruzando el puente de niebla… qué sé yo… te diría que ¿a un par de kilómetros?
—¿Qué raro? No me suena ni he oído a nadie decir que lo estuvieran construyendo y menos que estuviera abierto. ¿Seguro que lo viste?
—¡Vamos, José, no me fastidies! Puede que ahora esté un poco borracho, pero no al paso al venir esta tarde. Te juro que vi el cartel que indicaba el emplazamiento del motel.
—¡Lucía! Ponnos otras tres —pidió Jacinto.
—Las últimas, que vamos a cerrar. ¿Qué pasa? ¿No tenéis que trabajar mañana?
—Descuida que serán las últimas. Al menos aquí —regresando a la conversación—. Pues yo tampoco, Juan. No he sabido nada ni me ha comentado nadie de su existencia. Ni siquiera los otros que trabajan fuera. Pregúntales a ellos, también pasan por la misma carretera al venir.
—No sé. Sí. Hablaré con ellos. De todas formas, mañana, a la vuelta, me pasaré por allí y listo. ¡Lucía! ¿Vienen esas jarras o no? Y acompáñalas con algo de comer, que nos tienes en los huesos.
—¡Sí vamos! ¡Sobre todo esos dos!



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