"D"
"Pueblo pequeño, infierno grande".
D. Capítulo 18.
Pueblo pequeño, infierno grande.
—Buenos días, cabo. ¿Qué ocurre?
—Buenos días, mi teniente. Tiene que venir de inmediato. Es muy grave. Le paso la ubicación.
Al escuchar la palabra grave, su cuerpo se activó mejor de lo que lo hubiera hecho un café; aun así, no se privaría de él; otra cosa sería saber el cuándo. El requerimiento inmediato de su presencia por parte de su cabo hacía presagiar un comienzo de mañana acelerado.
—¿Cómo de grave, Rodríguez?
—Bastante. Asesinato. Es muy turbio, teniente, tiene que venir lo antes posible. Los detalles, mejor en la escena y en persona.
—¿Asesinato? ¿En serio? Y yo que pensé que este era un pueblo tranquilo.
—Pueblo pequeño, infierno grande, mi teniente. Aquí le espero. ¿Aviso a la central?
—No. Quiero echar antes un vistazo por mi cuenta. Ya los avisaré yo cuando termine, cabo. Voy para allá.
El trabajo de cama aún entumecía su capacidad de reacción, pero la situación requería ponerse en marcha de forma inmediata. El ritual de cada mañana, desayuno y ducha, tendría que aplazarse para mejores ocasiones. Se presentaría en el lugar indicado por su compañero, realizaría los preliminares y, en cuanto tuviera ocasión, daría cuenta de sus asuntos pendientes. Ahora había que estar listo para empezar cuanto antes a poner remedio a la injusticia. Se había cometido el crimen más horrible; cada segundo que pasara concedía victoria al enemigo. Llevaba unos días colmado de asuntos; se preguntó si estaría relacionado con el caso en el que estaba trabajando. Pronto saldría de dudas o, dada su profesión, colmado de ellas, deducciones y conclusiones que ayudarían a tejer la resolución final de un modo acertado.
Puede que la ducha pudiera aplazarse, no así su ropa interior. La cambió por completo en contraste con el uso del uniforme del día anterior en su segunda puesta. El invierno era más propicio para esquivar el agua, tanto en la piel como en la ropa. Una vez terminara con su trabajo, en algún momento puntual, volvería a casa para lavarlo todo. Hacía bien en posponerlo; el lugar que iba a investigar no iba a resultar agradable a ninguno de sus sentidos. Impregnar aquel ambiente de muerte en su uniforme y persona hubiera dado como resultado inútil a una higiene matutina, aunque esa deducción aún no la había pensado.
Terminó de apañar su vestimenta con el repetido uniforme. Un último repaso para cerciorarse de llevarlo todo antes de salir. Palpaba cada bolsillo de camisa, chaqueta y, todo parecía en orden, salvo lo que notó en uno de ellos, en uno de los de su pantalón. Eran los sobres con publicidad que obtuvo del vestido de Claudia.
—¡Mierda! ¡Me olvidé de ellos por completo! Tendré que pasarme también por el cuartelillo cuando termine para registrarlos como prueba. ¿Dónde tienes la cabeza, Arsenio? Se me acumula el trabajo, maldita sea.
Los dejó en la guantera del coche patrulla con el apunte mental de no olvidarlos allí. Arrancó el motor y se dejó llevar por las indicaciones de la voz del GPS.
«Ha llegado a su destino», entonó la agradable voz de aquella brújula digital. Aparcó al lado del automóvil patrulla de su compañero; en la parte de atrás pudo reconocer a Nina. Estaba muy alterada, lloraba desconsolada mientras intentaba disimularlo todo con su pañuelo. Fue entonces cuando Arsenio supo de inmediato en qué lugar estaba y quién era la víctima. Lamentó la situación al hacerse presente la imaginada escena; su rápida deducción lo llevó a una trágica conclusión. Aquella mujer que se derrumbaba en el asiento trasero del coche era la compañera de Doina; la recordaba de ayer, de su visita a la iglesia. Se acercaba a su cabo moviendo en negativa su cabeza, esperando que le confirmara lo que ya sabía; se encontraba custodiando la puerta de acceso con la firme intención de no dejar pasar a nadie que se acercara curioso. El azul intermitente de la sirena teñía su semblante junto con las piedras de las paredes de la casa de Doina.
—¿Qué ha ocurrido, cabo? —preguntó en solemne tono, casi con tristeza, como si el crimen lo hubieran cometido a un familiar.
El agente Rodríguez le contó con detalle, desde la llamada al cuartel de Nina hasta su llegada.
—Eche un vistazo, teniente. Es horrible lo que le han hecho a la pobre mujer.
Tomó el quicio de la puerta como punto de partida a su labor de observación. Todos los sentidos, aquellos que durante años de servicio había desarrollado y afinado, estaban a merced de la escena. Por desgracia, había tenido la ocasión de ponerlos a prueba en muchas ocasiones; era de oficio enfrentarse a las más oscuras atrocidades de la sociedad. Su deber era presentar justicia, a veces divina en caso de muerte. De alguna forma le reconfortaba pensar que si daba con los asesinos de sus víctimas, sus almas descansarían allá donde se encontraran. En su trabajo de observación era muy metódico. Necesitaba la pulcritud que otorgaba un procedimiento para mantenerse firme en su estado a la hora de enfrentarse a ciertas situaciones.
Solía decir: «A veces solo nos queda aferrarnos a la tranquilidad que proporciona la rutina para no perder la cordura». Cada delito era un...
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JM Brown.
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