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Capítulos anteriores:
D. Capítulo 2. A los pies de su tumba fría.
D. Capítulo 3. Las fauces del sepulcro
D. Capítulo 4. La dama de invierno.
D. Capítulo 5. Guardianes nocturnos.
D. Capítulo 6. Sala de espera.
D. Capítulo 7. El escriba oculto
D. Capítulo 9. Ritual truncado
D. Capítulo 10. El intercambio
D. Capítulo 12. Los Casamontes
D. Capítulo 13. Doina "La Rumana"
D. Capítulo 15. Tumbas sospechosas.
D. Capítulo 16. Silencio y ladridos.
Capítulo 17.
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—De acuerdo, pues creo que de momento eso es todo. Si necesito algo más, volveré con usted. Puede seguir con su trabajo. Muchas gracias, Doina con «n» —ambos sonrieron con ritual cortés. Doina regresó a sus tareas mientras que Arsenio se despedía de don Fernando. Le escuchaba comentar su vista a la siguiente misa de domingo mientras sacaba brillo a uno de los boliches dorados de la varadilla.
—Adiós a todos y todas y buenos días tengan —concluyó el teniente antes de salir.
Aunque todos habían escuchado el audio, la conversación con el agente fue algo más cerrada. Nina no pudo evitar preguntar a su compañera acerca de lo hablado, para completar el relato que imaginaba. Doina respondió evasiva, intentando quitar importancia a lo que había especificado en "petit comité". Intentó realizar un comentario que no llevara a más preguntas, nada más fútil entre compañeros de trabajo, por lo que, a cada intentona, Doina restaba importancia a sus respuestas, a la vez que llenaba de dudas inventadas a lo escuchado y traducido hace escasos momentos. Una forma sutil de decirle a Nina que no quería hablar del asunto; otra cosa distinta era que su empecinada compañera cogiera al vuelo tal sutileza.
Pusieron sobre el inmaculado tapete blanco del altar, intentando no molestar a Dimas, los enseres de la liturgia. Patena, cáliz y copón vacío de hostias para sacarles lustre y brillo. Las bases de los hachones que custodiaban la sagrada mesa también recibieron dicho tratamiento. Todo brillaba a la altura del lugar. «Si Dios hubiera enviado un ángel para comprobar el trabajo realizado, hubiera quedado más que satisfecho». Eso pensaba Nina cada vez que terminaba una tarea de la Iglesia. Le servía como pía motivación.
—¿Cambió los velones de los hachones Padre?
—A ver, deja que eche un vistazo… no. Creo que aún aguantan unas cuantas misas más, hija. Hay que estirarlas un poco; son caras y no quisiera molestar al arzobispado con más partidas hasta año nuevo. Que aguanten un poco.
—Usted manda, Padre. Doina, ve a por una bolsa de hostias para llenar el copón.
La jornada laboral fue trepando por la cucaña de su rutina hasta llegar la hora de comer. Disponían de una, antes de regresar con el turno de tarde que las llevaría hasta las siete. Siempre iban a la taberna de Sagrario, donde hacían buenos guisos de puchero. El menú no era muy variado, pero alimentaba el cuerpo como para segar dos campos sin notar flojera. El hueso del jamón estaba bien curado, lo que dotó al caldo del cocido, junto con la carne de morcillo, chorizo y morcilla, de un espesor que hacía flotar la cuchara en reposo, necesitando de presión manual para llenarla de sopa y garbanzo. Para beber, un poco de vino con casera: «Hay que darse un pequeño homenaje, aunque con mesura, sin pasarse tampoco», repetía a diario Nina cada vez que alzaba su vaso en señal de brindis. Terminaban el rancho con un flan de huevo tan prieto en su cuajo, que necesitaba extra de muela para tragarlo. Café con leche y conversación trivial hasta llegar la hora de volver al trabajo. —A ver quién trabaja ahora con la morriña que me está entrando después del cocido de la Sagrario —comentaba Nina a modo de halago y despedida. —Apúntanoslo y hasta mañana —se despidieron.
Dieron el relevo a don Fernando, que también iría a...
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JM Brown.
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