La señal errante. Capítulo 1. Vigilantes del cosmos.

La señal errante

"Vigilantes del cosmos"



-Capítulo 1. Vigilantes del cosmos-


    La sala de control de las grandes antenas que vigilaban el cosmos estaba en calma, como cada madrugada, como cada controlador que le tocara estar en su turno de guardia.

    Las cajas de pizza se amontonaban sobre los viejos teclados mecánicos dando testimonio de cenas con desgana y limpieza demorada. El cambio de turno de semana había acusado más a Julio, que dormía sobre su silla de oficina como si se hubiera desplomado de pronto, con la cabeza hacia atrás en postura imposible y la boca como si quisiera tragar todo el aire del cuarto.

    Sobre la mesa de trabajo se encontraba Alberto con su propio ordenador portátil, algo más actualizado que los de la sala de registro; pasaba su guardia alternando entre juegos de aventura y rol. A ojos de su jefe, catalogaría de absentismo; la realidad es que las horas y el espacio a cubrir hacían que las jornadas fueran largas, aburridas y carentes de interés o intensidad de acción. Observaban el cosmos. Rastreaban señales en la inmensidad de la nada. 

    Registraban cualquier objeto celeste que no estuviera antes catalogado, completando poco a poco su mapa estelar. Depuraban el programa, el código y la tarea, presionaban “Enter” y las gigantescas antenas, dispuestas en batería, cambiaban al unísono su mirada hacia el espacio, como si fueran cabezas de gigantes que atendieran al mismo estímulo, esperando escuchar la llegada de nuevos datos sonoros que dedujeran nuevos mundos, estrellas o galaxias. Siempre viva la esperanza de encontrar algo más de vida en el universo que la nuestra.

    Las mañanas solían ser algo más interesantes. Se ponía sobre la mesa las presas capturadas durante la noche y comenzaba la labor de estudio, muestreo, clasificación, etiquetado y archivo. Ese era el trabajo de base del Observatorio Nacional de Ciencia.

    Las noches, lo contrario. Eran de espera. De guardia. De paciente vigilancia. Las antenas trabajaban y los operarios observaban. Registraban cualquier señal que fuera de interés para el trabajo del día siguiente.

—Voy a bajar a por algo de beber. ¿Julio, quieres algo de…? Vaya. Se ha quedado como un tronco —dijo al quitarse los auriculares al tiempo que giraba su silla de trabajo para encontrarse con su compañero dormido—. Bueno, pues cogeré algo para mí y luego, si quiere algo, que baje él.


    Depositó con cuidado los cascos sobre la mesa del escritorio, junto con su portátil con el juego en pausa. Aunque agradecía la compañía y la conversación de su compañero, ahora estaba en medio de una misión principal y prefería que siguiera en su profundo letargo de sueño para poder centrar toda su atención en acabarlo con éxito y no tanto en comentar la última serie o película mientras despachaba enemigos.

    Abandonó la sala de monitores para llegar al pasillo donde esperaba la escalera que lo bajaba al piso inferior. Lugar donde estaban las máquinas de café y comida, por llamarlo de alguna manera a ambos.

    La noche y la partida iban a ser largas, por lo que Alberto eligió un Doppio, un doble expreso para cargarse con la suficiente cafeína en el cuerpo que lo ayudara a aguantar la campaña sin que los párpados le pesaran. La máquina zumbaba mientras revisaba los mensajes de su móvil. Redes sociales y gestor de mensajes de amigos, grupos y familiares.

    Hizo un simulacro de brindis y dio el primer sorbo a modo de cata. Derramó algo de café por su barbilla, haciendo que algo de líquido llegara al suelo por el sobresalto de la alarma. La voz de Julio podía oírse por las salas y pasillos de la estación.

—¡Albero! ¡Estés donde estés, sube de inmediato! ¡Las antenas han captado algo raro!

    Los trabajos en la noche proporcionan tranquilidad, pero también es cierto que cuando ocurre una emergencia, suele ser más propicio que pase de noche. Esa noche iba a ser una de ellas.




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