Antártida





-Antártida.-
Microrrelatos Volumen II

El mundo colapsó. El clima en el planeta era un enfrentamiento entre las fuerzas del calor más extremo en los momentos de luz y el frío más intenso al caer la noche. La humanidad sobrevivía entre las ruinas de las ciudades subterráneas, laberintos de acero y hormigón que alguna vez fueron refugios temporales, pero que ahora se habían convertido en su única morada.

Cada amanecer era una batalla contra el sofocante calor que transformaba la superficie en un infierno ardiente. Los pocos valientes que se aventuraban a salir sabían que sus oportunidades de regresar con vida eran escasas. Mientras tanto, la noche traía consigo un frío tan penetrante que congelaba los huesos y convertía los paisajes en vastas extensiones de hielo. El sol y la luna parecían ser caprichosos señores que jugaban con los destinos de los seres humanos, en un juego cruel y sin reglas.

Bajo tierra, la humanidad subsistía en un frágil equilibrio. Los sistemas de ventilación y calefacción funcionaban de manera precaria, y cada día era una lucha por obtener alimentos y agua potable. Los recuerdos de la vida en la superficie se desvanecían lentamente, como un eco distante de un pasado mejor. Sin embargo, había un lugar en el planeta que todavía conservaba lo que alguna vez fue un buen clima para la supervivencia de la especie: La Antártida.

Este vasto continente, anteriormente inhóspito, se había convertido en el último refugio habitable de la Tierra. Las capas de hielo que lo cubrían actuaban como un escudo protector contra los extremos climáticos, creando un entorno relativamente estable. Era el nuevo Edén. Sin embargo, no todos podían acceder a este paraíso helado. La Antártida estaba habitada y gobernada por la gente más rica del planeta, aquellos que, durante décadas, habían negado y contribuido al cambio climático que ahora azotaba el mundo.

Los magnates y sus familias vivían en lujosos complejos subterráneos, rodeados de tecnología avanzada y comodidades inimaginables para el resto de la humanidad. Sus búnkeres estaban equipados con jardines hidropónicos, laboratorios de investigación y fuentes de energía renovable. Desde su fortaleza de hielo, observaban con indiferencia el sufrimiento de los menos afortunados, sabiendo que ellos mismos habían sido los artífices de la devastación global.

Afuera, en las ruinas de las ciudades subterráneas, la desesperación crecía. Cada día, nuevas incursiones por parte de un grupo organizado, La Resistencia, se negaba a aceptar que el último lugar habitable de la Tierra fuera para unos pocos privilegiados. En escasas ocasiones de éxito, lograban llegar a las fronteras del territorio antártico, buscando un resquicio de esperanza. Pero eran recibidos por muros impenetrables y guardias armados que les negaban la entrada y diezmaba sus fuerzas. La injusticia y la desesperanza se mezclaban en el aire, mientras la humanidad luchaba por sobrevivir en un mundo que parecía haber perdido toda esperanza.

La resistencia poco a poco lograba añadir más activos a su causa. Contaban con científicos y renegados de la fortaleza helada, ocultos entre los refugiados, que se negaba a rendirse. Creían que aún había una oportunidad de conquistar la Antártida o en su defecto revertir el daño y salvar al planeta. Trabajaban en secreto, recolectando datos y desarrollando nuevas tecnologías que pudieran estabilizar el clima. Sabían que enfrentaban una lucha titánica, pero estaban dispuestos a sacrificarlo todo por el bien común.

Y así, en medio del caos y la desesperación, la humanidad seguía adelante, aferrándose a la esperanza de que algún día, las generaciones futuras pudieran vivir en un mundo restaurado y en equilibrio. La batalla por el clima, la justicia y la supervivencia continuaba, impulsada por el coraje y la determinación de aquellos que se negaban a aceptar la derrota.

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