Nota del autor:
Nací en un pueblo de provincia, no muy lejos de la gran ciudad. Los
habitantes justos, guardando ese privilegiado equilibrio entre saber todo de
todos y tener esas pequeñas parcelas de soledad para preservar tu intimidad al
gusto de tu elección. Un lugar tranquilo, de esa tranquilidad que el estrés de
una gran ciudad no acostumbra a practicar y que alguna vez echas de menos
cuando la resaca de lo tranquilo, llega a afectar tu día a día cotidiano.
Mi infancia fue muy feliz. Supongo que con sus más y sus menos, como
todo hijo de vecino. Mi educación fue más que correcta, sin destacar
especialmente en nada, salvo por un innato sentido de altruismo. El amor y el
respeto por lo mío y el de los demás. Aprendí a disfrutar de la vida en el
sentido más sano de la palabra: de la naturaleza, de la familia, de los amigos.
Era un tipo normal, aunque los demás me tachaban de ser demasiado bueno. De ese
tipo de bueno que roza y se acerca al tonto, según ellos.
Tenía bien configurado mi grupo de amigos, de esos que puedes
otorgarles el grado de familia. Ironías de la vida, de esta nueva configurada
“familia” vino el problema, un problema con nombre y apellidos. César.
César, un hombre ajeno a mi vida y amigos que, por desgracia para mí,
vino a mi conocimiento a través de una de esas amigas que pertenecían al citado
círculo de amistad, con el título de novio puesto. Vino de otra ciudad y se
instaló con nosotros con reclamo de privilegios. De esos privilegios que solo
los amigos se ganan con las acciones y el tiempo.
Los primeros encuentros con él, no diferían en absoluto en mi trato,
como con el resto. Pero por alguna extraña razón que desconozco, a César no le
caí en gracia. Era un coloso de casi dos metros, cuerpo propicio para alimentar
la violencia y enfocarla a todo aquel que no le llegara al pecho. Violencia
acorde también con sus palabras e ideas. Racismo, machismo, nazismo, eran tres
palabras que se deducían de sus conversaciones.
Mis continuos desacuerdos contra él en sus discursos, alimentaron aún
más esa fijación negativa que pronto convertiría en lo que mejor sabía hacer y
que es propio de individuos de su calaña: violencia.
Durante meses sufrí en silencio sus amenazas. Los meses se
convirtieron en años, las amenazas verbales se convirtieron en fortuitas
palizas nocturnas que recibía de su puño, que no letra. Humillación tras
humillación. Golpe a golpe, con nefastos versos.
El refrán reza: “No humilla quien quiere, sino quien puede”. Lo malo
es que los individuos como César, cuando no pueden, porque tú no quieres,
recurren al golpe, saltándose esa máxima.
Año tras año.
Cuando dejé de salir, me buscaba. Cuando dejé de sonreír, se mofaba.
Cuando me quise dar cuenta, ya no existía. Era un triste reflejo de un recuerdo
donde me resultaba difícil encontrarme y verme feliz.
Una noche, habían quedado mis amigos y el susodicho individuo. César
acudió, sin que nadie lo llamara, al bar donde acostumbrábamos pasar nuestras
horas nocturnas de fin de semana. Esa noche decidí acudir también a la cita.
Esa vez, iría acompañado.
Entré por la puerta del abarrotado bar y lo vi sentado en la mesa.
Riéndose a carcajada limpia. Me aposté a mí mismo que seguro lo estaba haciendo
a costa de alguien, de alguna otra víctima, no sé si en mismo, menor o superior
grado que conmigo hacía.
Me acerqué a la mesa. Inmediatamente, César me miró de arriba abajo,
supongo que dando tiempo a su retardado cerebro a pensar en alguna estupidez
que soltarme a la cara, delante de todos. Antes de que abriera la boca, le
presenté a mi acompañante.
Disparé el cargador de mi pistola por entero en su cabeza. La sangre
me salpicaba la cara y aun así no emití el más leve parpadeo. Su cuerpo yacía
sobre la mesa de donde emanaba un macabro torrente de sangre de un intenso
cauce rojo que todo lo teñía, todo lo empapaba.
Me senté. Puse el arma encima de la mesa. Esperé que vinieran a por
mí, ante los aterradores y atónitos ojos de mi improvisado público que
presenció aquel inesperado acto final.
Aquí estoy. Escribiendo mis últimas letras para contar lo ocurrido.
Desde la celda doce. Ataviado con mi traje naranja. Cargado de cadenas. En el
corredor de la muerte.
Hoy me matan, aunque mi alma nunca ha sido tan libre.
Por J. M. Brown.

Un relato desgarrador. El protagonista cansado de que César lo humille , de sus mofas, sus burlas pasa a la acción, a la venganza. Quizás ahora su alma está en paz. Me encantó y no pude levantar las vistas hasta el final tan abrumador.
ResponderEliminarMuy buenas Nuria. Muchas gracias por tu lectura y por comentar. Celebro que te haya gustado aunque esta vez la temática sea algo delicada. El abuso, un problema que la sociedad debe solventar. Gracias de nuevo. Un saludo.
EliminarMe ha encantado el relato, no te deja indiferente, la paciencia tiene un límite y al protagonista se le acabó. Un placer leerte!
ResponderEliminarMuchas gracias por tu lectura y cometario Dakota. Me alegra saber que te ha gustado pese a que a veces hay textos que resultan un tanto incómodos aunque creo que siempre necesarios si quieres expresar algo , como por ejemplo este caso el abuso. Gracias de nuevo y un saludo.
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